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¿Una historia más?

Contribución de Feo
Ocurre a veces que, estando sumido en la más negra de las depresiones, allí donde ni el alcohol, la marihuana o el opio pueden rescatarte, ocurre que, cuando ya lo das todo por perdido, Alguien ahí fuera, llámalo Dios, Diablo o Destino, responde a tus oraciones y te concede, no lo que deseas, sino lo que necesitas.

Yo siempre he sido un escéptico y un cínico, pero ahora sé por propia experiencia que la realidad, lo que nos rodea, es algo dúctil y maleable, susceptible de tomar la forma que nosotros deseemos.
Recuerdo muy bien aquella tarde en que la vi por vez primera. Para aquellos que hayan visto la trilogía de Kevin Smith deciros que se parecía muchísimo a Edwin (Miranda Otto) y para los que hayan visto Los Inmortales, deciros que se parecía mucho a Heather, la primera mujer de MacLeod. En realidad se parecía muchísimo a ambas mujeres: rubia, amplia sonrisa, ojos brillantes.
En fin, la primera vez que la vi estaba yo en casa de un amigo mío estudiante de informática. Habíamos quedado en que me pasaría por allí para arreglar un problema relacionado con una red local, así que allí estaba yo, con mi portátil medio destripado, los cables de red desenrollados por toda la habitación formando una telaraña que, como todo el mundo que ha trabajado con cables y cuerdas sabe, está viva, cuando apareció Ella, acompañando a la hermana de mi amigo.
Mi cara perdió toda expresión, ya que mis ojos se la habían robado. La hermana de mi amigo, uno o dos años menor que nosotros, entró en la habitación buscando algo, con el consecuente cabreo de su hermano, mientras Ella permanecía apoyada en el resquicio de la puerta.
Mi portátil, la red local, la pareja de hermanos, el Hambre en el mundo, la depresión que me azotaba?. todo, absolutamente todo, dejó de tener significado para mí. Todo salvo dos cosas: la belleza de su sonrisa y la expresión divertida de sus ojos mientras se fijaban en los míos. En toda mi vida había visto nada tan bello, tan hermoso.
Los segundos pasaban uno detrás de otro sin que tuvieran algún sentido para mí.
A pesar de que la sangre había abandonado mi rostro (un espejo colocado al lado de la puerta así me lo confirmaba), sentí como la temperatura de mi piel había aumentado varios grados.
Sin embargo, lo que más me sorprendió, y siguió sorprendiendo el resto de las veces que nos encontramos, fue lo siguiente: como digno representante de la especie masculina siempre he sometido a un riguroso escrutinio a mis homónimas femeninas, desde las glándulas mamarias hasta allí donde la espalda pierde su casto nombre. Sin embargo, mis ojos no podían desviarse de su cara. No conseguía bajar mi mirada más allá de los hombros.
Tres minutos después, en los que casi me olvidé de parpadear, tanto Ella como la hermana de mi amigo salieron del cuarto.
Mi mente, progresivamente y tras un arduo esfuerzo de voluntad, volvió a la red local, al portátil y a la depresión que por aquel entonces ahogaba mi ser.
El problema se solucionó y yo volví a la rutina cotidiana.
Tres meses más tarde, cuando ya había abandonado toda esperanza de volver a verla (a pesar de que todas las semanas volvía a casa de mi amigo con cualquier excusa), Ella entró de nuevo en mi vida.
Aquella noche en concreto me había ido de juerga con mis primos aprovechando que a los tres nos habían dado vacaciones el mismo mes. Así pues, tras ponernos en contacto tras varias semanas, aprovechamos y nos fuimos a cenar a un restaurante japonés y luego a una zona de pubs bastante popular. Hacia las dos de la madrugada, más borrachos que serenos, decidimos entrar en una discoteca a continuar la juerga. Cosa rara, puesto que a los tres nos gustan más los sitios tranquilos, pero más raro aún era que nos reuniéramos debido a nuestros particulares horarios.
Como tantos otros, yo suelo bailar bien sólo cuando voy con dos copas de más y aquella noche, por lo que se ve, yo llevaba por lo menos cuatro.
Así que allí estaba yo, bailando sólo mientras esperaba a mis primos, que se habían acercado a la barra a por otra ronda, girando sobre mí mismo con los ojos cerrados cuando, al abrirlos, la vislumbre de nuevo, tres meses después de aquella maravillosa primera vez.
Llevaba puesto un vestido negro que le llegaba hasta un par de centímetros por encima de las rodillas, adornado por un grupo de lentejuelas que bordeaban el escote. No me fijé en si llevaba zapatos de tacón, pero imaginé que sí. Rodeando el cuello llevaba una cinta de tela negra que, en mi embriaguez, me hizo recordar un alzacuellos tal que estuviera de luto.
Estaba rodeada de amigas suyas, cinco o seis; ni lo sé ni me importó.
Sólo tenía ojos para ella.
Nuestras miradas se cruzaron y ella sonrió, reconociéndome. Yo, por mi parte, hice lo propio: perdí la concentración y caí al suelo cual largo era,
En mi cabeza aún resonaba mi voz llamándome estúpido cuando me percaté de que la mano que me tendían para ayudarme a recuperar la posición vertical era la de Ella.
Y una vez más sucedió algo maravilloso.
Muchos tíos, cuando se van de juerga, lo hacen con el único objetivo de conseguir alguna mujer con la que darse el lote, yo, por mi parte, cuando me voy de juerga, lo hago con el único objetivo de pasarlo bien con mis amigos y punto. Personalmente, no me gustan los líos de una noche y, de echarle los trastos a una mujer, siempre prefiero que sea alguna a la que conozca y tenga confianza. Quizá por eso mi vida amorosa ha sido parca en cuantía pero extensa en intensidad.
Pues bien, Ella me sorprendió tomando la iniciativa. Tras preguntarme si estaba bien y si me había hecho daño, me dijo que me había reconocido como el amigo del hermano de su amiga. Huelga decir lo mucho que me agradó tal reconocimiento.
Después, tras preguntarme como me llamaba, se presentó.
Me llamo Alicia, gritó Ella, pues el volumen de la música era, como en todas las discotecas, bastante alto.
Tras esas tres palabras supe que no me contentaría con los dos besos que me dio en las mejillas pero, intimidado por mi timidez, me limité a devolvérselos.
Inexplicablemente, empezó a sonar ?Y nos Dieron Las Diez? de Joaquín Sabina, y ella me preguntó si agarrado se me daba tan bien el baile.
Podemos comprobarlo, sugerí, y al instante una de mis manos estaba en su cintura, mientras la otra cogía una de las suyas. Inconscientemente empecé a tararear la letra y, apoyando su mejilla en la mía, me imitó.
Tras Sabina sonaron Los Rodríguez (Sin Documentos), Maná (Vivir sin aire), Gloria Steffan (Quiero mi Cuba libre), U2 (WITh or without you), Shakira (Quiero que me quedes tú), Mago de Oz (Molinos de Viento), Ska-P (Cannabis), Celtas Cortos (20 de Abril), Extremoduro (Jesucristo García), y un largo etcétera.
Mis primos habían desaparecido, pero por lo que a mí respectaba bien podían haberse ido a casa a dormir la mona.
Las horas pasaban rápidas, como minutos enloquecidos tras una buena dosis de cocaína, y yo me sentía en el Paraíso poco antes de lo del lío con la manzana.
Más de una vez estuve a punto de besarla, pero algo me lo impidió, haciendo que me odiara por mi cobardía.
Finalmente, las luces de la discoteca se encendieron, cegándome momentáneamente, acostumbrado como estaba a la penumbra anteriormente reinante.
Las amigas de Ella (pues para mí Alicia siempre fue y será Ella) aparecieron, rompiendo el mágico hechizo que había durado hasta aquel momento.
Implacables como la Muerte, se la llevaron lejos de mí, dándonos tiempo a una fugaz despedida.
Hasta la próxima, dijo Ella, y algo dentro de mí se rompió mientras se marchaba. No obstante, otro algo dentro de mí me llenó de dicha, pues vi tristeza en sus ojos mientras se alejaba, y eso significaba que la próxima vez sería aún más especial. Aunque en aquel momento no podía imaginar cómo sería aquello posible,
Tardé un año en volver a verla y, como en las dos ocasiones anteriores, el encuentro fue igual de grato y aún más inesperado.
Corría el mes de Noviembre y, harto de todo, había conseguido un trabajo de mantenimiento en un hotel de montaña situado en una zona famosa por sus pistas de esquí.
En el transcurso de los seis meses posteriores había empleado mis noches en buscarla.
Erraba por las zonas de fiesta como un vagabundo, buscándola en todos los pubs, en todas las discotecas, añorando el contacto de su mejilla sobre la mía.
Desesperado hasta la médula decidí hacer como ciertos artistas famosos: rompí con todo y todos, y me largué.
Pero bueno, a lo que íbamos.
En el hotel, aunque oficialmente se me había contratado como electricista, puesto que también tenía nociones de fontanería, si había alguna urgencia de poco calibre en dicha materia, se me avisaba a mí, y si yo no podía, o no quería repararla, se avisaba al fontanero correspondiente.
Así pues, una noche, estando en el turno de guardia, recibí una llamada de la gerencia.
Al parecer, en la habitación 613, a una clienta se le había escurrido un anillo mientras lavaba una blusa. Puesto que el anillo tenía mucho valor sentimental y ella abandonaba el hotel a primera hora de la mañana, había avisado para ver si aquella misma noche podía solucionarse el problema.
Por lo visto, ella estaba muy apurada, tanto por haber ?perdido? el anillo, como por el hecho de molestar a tales horas de la madrugada.
Cansinamente me dirigí hacia el ascensor y pulsé el botón que me conduciría hasta la sexta planta.
Emití un pequeño suspiro y llamé suavemente a la puerta con los nudillos. Desde donde estaba oí los pasaos de la mujer mientras se dirigía a la puerta. Tras un ruido de cerrojos descorriéndose ésta se abrió.
El corazón casi se me paró en el pecho. Ella me miró de arriba abajo y, un segundo después de esbozar su espléndida y maravillosa sonrisa, lo activó de nuevo. El beso duró quince segundos y duró desde la puerta, que cerré yo con el talón, hasta el dormitorio.
Me separé un segundo de ella (TODO un segundo) para quitarme el suéter de lana que llevaba puesto, y ella me abrió de un tirón la camisa, esparciendo los botones por todo el suelo de la habitación.
Acto seguido, empezó a besarme en el cuello, el pecho, el ombligo.
Le cogí la cara con ambas manos y, alzándola lentamente, volví a besarla una y otra vez. Nuestras lenguas recuperaban un año de distancia.
Nos desnudamos el uno al otro y nuestros cuerpos se unieron empujados por nuestro mutuo deseo. Cuando por fin alcancé el orgasmo constaté que habían lágrimas de felicidad en sus ojos, y no me sorprendí cuando ella secó las mías con sus labios.
Al recuperar el aliento nos quedamos tumbados el uno junto al otro, besándonos cada poco tiempo.
Pasado un rato, recogí mi móvil de un bolsillo de los pantalones y llamé a gerencia. Con una sonrisa en los labios dije a mi compañero que me encontraba mal, que no me pasara ninguna llamada.
Ignorando la sonrisa que se adivinaba en el compañero de gerencia, colgué y deje el móvil en la mesita de noche. Puesto que me debía algún que otro favor en los seis meses que llevaba allí, no dudé en desconectarlo.
Ella pasó un brazo por debajo de mi nuca y empezó a acariciarme los pelos del pecho, jugueteando con ellos.
Las horas pasaron y algunas de ellas las aprovechamos, incluso, para hablar.
Todavía recuerdo aquella noche como la mejor que he pasado en toda mi vida.
Con el alba, Ella me contó que se iba del hotel a las ocho de la mañana.
Ojalá pudieras venir conmigo, expresó su deseo en voz alta. Deseo concedido, respondí inmediatamente. ¿Y tu trabajo?, preguntó preocupada. Es sólo un trabajo, aclaré. Tú eres la mujer de mis sueños, afirmé.
Ella me besó, complacida, y yo abandoné la cama para comenzar a vestirme.
¿Qué haces?, quiso saber. En media hora vuelvo. Voy a recoger mis cosas.
Ni hablar, me contestó, y procedió a imitarme. Ni sueñes que voy a dejarte escapar. Voy contigo.
Y esta vez fue a mí a quien le tocó sonreír.
Juntos abandonamos el hotel y el anillo atascado en la tubería, y juntos estuvimos mucho tiempo.
Nos casamos, pero no tuvimos hijos. Discutimos, pero nunca nos separamos.
Excepto?. siempre hay un excepto.
Hace diez años ella murió y, aunque siempre la llevo en mi corazón, cada día me siento un poco más solo.
Sobrellevé como pude su pérdida, su ausencia, pero una vez más, la depresión hunde sus garras en mi alma.
Y es que, cincuenta años después de soñar con ella la primera vez, diez años de más tarde de soñar con ella, de soñar su muerte, por última vez, siento que el fin se acerca.
Como dijo un chico momentos antes de caer al Abismo: Hay otros mundos aparte de este.
Yo he sido feliz en ése al que vamos cuando cerramos os ojos, vencidos por el cansancio, con Ella, La Mujer De Mis Sueños.
El brazo izquierdo me duele, me duele mucho, pero pasa pronto. Después, mis ojos comienzan a nublarse.
Mientras me hundo en la negrura llego a distinguir dos figuras, y sonrío.
Una de ellas es todo huesos. Sonríe, quizás porque no tiene más remedio. La otra figura es ella, la Mujer De Mis Sueños, con una sonrisa que rivaliza con la de la Parca.
Me levanto, dejando atrás mi viejo cuerpo. Miro mis manos, que vuelven a ser fuertes, libres de la artritis. Paso una de ellas por la cabeza y la noto llena de pelo, a diferencia de ese calvo con la coronilla llena de canas.
La Muerte mira a Alicia y ella le devuelve la mirada. Después ambas asienten y la primera desaparece, dejándome a solas con mi amada, que corre hacia mí y se funde conmigo en un abrazo.
Te he echado de menos, musito débilmente. Lo sé, me responde Ella.
Y sin mirar atrás nos alejamos abandonando mi cuerpo muerto y decrépito. La eternidad se extiende ante nosotros y, Ella, sonriendo con su amplia sonrisa, me dice: Ya siempre estaremos juntos.
Y yo asiento, pues sé que esta vez no habrá vigilia que nos aleje.

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