Insomnio
Monday, May 3rd, 2004Contribución de Anónimo
Pesadillas pobladas de imágenes, me llevan a insomnios poblados de palabras.
Una coctelera de explosivos en peligro de extinción.
Un mísero país que no quiere fronteras que lo limiten.
Payaso de mandíbula desencajada en acrobática mueca arriesgada.
Tengo de mujer lo que me sobra de ser hombre.
No temo perderme, porque ya no tengo miedo de encontrarme.
Me voy con ese borracho andrajoso, que monologa su desesperación, que no sabe de teléfonos de la esperanza; del que todo el mundo se ríe, pero nadie mira a la cara.
No me queda un solo diente de tanto mamar esperma caducada.
Reclama mi atención un operado travestido también borracho, que gira enloquecido sobre sus inestables, puntiagudos tacones altos afilados por su estado, lanzando su desafío como probándose: ¡soy capaz, qué pasa!; cae al fin despatarrada, descubriendo unas bonitas, largas, esbeltas piernas andróginas; en su cara de indudables, bellos rasgos femeninos (por tanto andrógina) una sonrisa idiotizada por el absurdo, por el alcohol; en su mirada, enajenada, el brillo postizo proyecta a ese cliente forjado en sueños que la haga al fin sentir mujer; no sabe, no la dejaron comprender que su sensibilidad cabía perfectamente en ese despreciado cuerpo de hombre, que ella no tiene sexo; que el vestido no es más que un disfraz adoptado para lucirlo en este gran teatro que es el mundo, un juego en definitiva (cuando podemos desembarazarnos de uniformes), que busca identificación, refleja aceptación o rechazo, modestia o arrogancia, sencillez o sofisticación; es sí un toque de personalidad, pero en ningún caso el hábito hace al monje por más que nos lo diga el refranero, al menos no debería, se quedaría en pura fachada. Que encuentres a ese hombre, ¡ostias!, que al menos ese cuerpo que tienes, que tú has elegido, te sirva de instrumento de dar y recibir placer.
En la avenida principal una yonqui en cuclillas deja sobre el pavimento, en forma de excrementos, los restos de su humana vergüenza.
Internándome por una callejuela me corta el paso una niña-vieja con el mono a cuestas, se ofrece a chupármela, 3 euros, dice, está dispuesta a rebajar el precio, sonríe: ya le faltan dos dientes.
Una pareja de zombies, cogidos de la mano, pasea entre la gente normal, como una isla desgajada del continente, ¡dios, parecen felices!, la dosis, claro, ¡pero también las manos!, sí, también las manos; por cuánto tiempo, qué importa eso.
Sé de otra adicta, que logró salir de la tela de araña, siguió una cura de desintoxicación; volvió a la calle, a pedir, no tenía nada; hablaba con la gente, reía, cantaba; habitaba un pequeño triangulo entre una persiana medio bajada y el polvoriento escaparate de una tienda cerrada, su trocito de techo, su minúscula morada, donde dormir, guardar su mugrienta manta bien alisada, su bolsa de papel con la sucia, escasa ropa bien doblada; ¡hasta engordó, hasta estaba guapa!; un día la vi rebosante de alegría: ¡he hablado con mi padre, me va a recibir en casa!. Despareció…, digamos, tres semanas; volvió, la vi otra vez en la maraña, seis meses, un año, no sé; aún busco su calle, su antigua, minúscula morada: una cruel, implacable tienda de regalos se burló de su intención; pasó a la pared de enfrente (la calle es peatonal, no tiene aceras). A veces paso y no está: un cartón limpio bien alisado, que cambia periódicamente, la mugrienta manta doblada con esmero, apilada ordenadamente con la bolsa de papel continente de sus sucias, escasas pertenencias, sobre el suelo manchado, en ángulo recto con la pared parda, desconchada, a un escaso metro del pavimento una ventana ciega, enrejada, delimita su celda, prisión pública: ¡está aunque no la vea!. Ya no habla con nadie, ya no ríe, ya no canta, ni tan siquiera pide, sólo acepta. Su mirada contrasentido, espejo, reflejo del suelo donde parece estar clavada, soledad, vacío, nada. Hoy al pasar la he visto levantar la cabeza, lentamente, mirar, casi reconocer, mi sonrisa crecía esperanzada, lo ha intentado, esforzándose, luchando, un temblor en los labios, cierta tensión, tirantez…, algo se ha roto, los labios replegados, la cabeza vencida, entregada; la mirada: ausencia.
Ese sin papeles resembrado en su original tierra castrada.
¿Tengo más derecho yo por haber nacido en este país, que alguien que ha puesto todas sus ilusiones, esperanzas en él?: ¡no!. ¿Voy a renunciar a mis privilegios por esa misma razón?: no, por eso mismo, aunque parezca una contradicción insalvable, allá voy: todo el mundo tiene derecho a sobrevivir, cuánto mejor como buenamente pueda, cuanto peor cómo malamente pueda; y esta ultima afirmación nos incluye a todos: nosotros tan de acá, ellos (vosotros) tan aquí.
Un pequeño manojo de historias cercanas lejanas, y no basta, no debería bastarnos.
Os voy a contar sucintamente algunas de mis pesadillas:
Soy un teleadicto: me paso la vida viviendo vidas que no me importan; concursos que nada aportan; fútbol, fútbol y, más fútbol; publicidad: esto para el nene, esto para la nena; esto es un hombre, esto una mujer; con este coche serás libre, ese te llevará a la gran aventura; con el microondas ganarás el tiempo perdido, la lavadora te hará programar mejor tu vida, con los móviles de última generación te pasarás la vida comunicando; modas, modas, modas; compra, compra, compra…
Pruebo en política: da igual qué bando, el caso es llegar al poder, si tengo buenas intenciones él me las quitará. Mi partido gana las elecciones: construyo destruyendo, acepto sobornos, extorsiono, especulo, prometo soluciones a largo plazo, que a corto plazo olvido, me comprometo a poner más policías en las calles, ¿con uno por barba bastaría?, pacto con todos y luego hago lo que me da la gana, sólo me debo al gran capital, la gran potencia, es mi único dios, me dicta su ley: me forro…
Dejo la política: monto un zoológico: esta jaula con un árbol, un trozo de montaña, aquí esta pecera marina de agua no contaminada, allá, envasado al vacío, un soplo de aire puro, más allá bestias desdentadas con sus collares distintivos, ahora vivan en realidad virtual la escenificación de ?Las cuatro estaciones? de Vivaldi; ¡pasen y vean las maravillas de la exnaturaleza!: me vuelvo a forrar…
Soy un terrorista: por mandato de dios del iluminado de turno fanatizado, de país en país invadido, por interesada, evangelizadora democracia desposeido; en medio del fuego cruzado la gente; y ahora: ¡todos enemigos…¡
Por fin despierto: lloro contigo democracia, bebé condenado a nunca crecer, olvidado de amorosos pechos que te alimenten, de la ternura de unas manos que te cambien el sucio pañal cagado.
Por qué nadie trata de explicar sus contradicciones; por qué todo el mundo se cree tan consecuente; por qué se practica tanto el estás conmigo o contra mí: por qué tanta humana frontera.
Yo no soy rebelde porque el mundo me ha hecho así, soy rebelde porque el mundo es así.
Y grito: ¡hipócritas!
Y firmo: Un hipócrita.
Y grito: ¡mentirosos!
Y firmo: Un mentiroso.
Y sabes lo que te digo, pese a todo o por eso mismo:
que ?All you need is love?
que ?Ne me quitte pas?
que me des un beso antes de salir
que no des un portazo al marcharte.
Javier Ballester Martínez


