Contribución de Feo
Todo comenzó en una noche lluviosa como esta, en un bar cuyo nombre permanece en el olvido, perdido en las brumas de la juventud y en las sombras del alcohol.
Por aquel entonces yo era un jovenzuelo de apenas veinte años que, con mis metro setenta de estatura, apenas pesaba más de sesenta kilos. Llevaba el pelo corto, cortado casi a cepillo, e intentaba con poco éxito dejarme un rastro de barba que me tapara la cara y me hiciera parecer algo más interesante al sexo femenino.
Obviamente, provocaba más alguna sonrisita sarcástica que otra cosa.
Recuerdo que mi ánimo era tormentoso, como el cielo nocturno de aquella velada. En mi mente resonaban antiguas canciones de Los Rodríguez e intentaba ahogar en alcohol el recuerdo de una novia ya olvidada, aunque por aquel entonces aquella fémina había significado todo para mí.
Perdóname si me extiendo en la introducción, pero me sirve de recordatorio para los detalles de aquella noche, a la vez que me provoca cierta nostalgia embeberme en los recuerdos de aquella época.
Pero en fin, intentemos ir al grano ahora que ya casi he conseguido meterme en situación.
Borracho como estaba, me acerqué a una mesa de billar que, como una amante despechada, reinaba en la soledad de un rincón. Siempre me he enorgullecido de mi habilidad para las carambolas y de mi puntería, así que decidí desahogarme un poco con un taco, la bola blanca y las restantes quince.
Una tras otra, las partidas se sucedían y mi mente se desembotaba un poco, cuando se me acercó un tipo, alto y vestido de cuero, con el propósito de unirse a mí en la mesa.
Harto de jugar en solitario, decidí que la compañía me haría bien. Así que empezamos a jugar, al principio por diversión y cruzando pequeñas apuestas. Por supuesto, yo estaba empapado de películas como “El Buscavidas” y “El Color Del Dinero”, pero aquel tío era muy bueno en su trabajo, y poco a poco mi orgullo fue ganando la batalla y yo perdiendo mi dinero.
Mientras jugábamos, apenas me percaté de los tres matones que, estratégicamente, se habían colocado para cubrir cualquier vía de escape que pudiera seguir.
Así que, en la última de las partidas, aquella en la que había apostado más de lo que podía jugarme, me encontré en una situación de esas que no las deseas ni para tu peor enemigo.
Mi contrincante metió la fatídica bola negra en la tronera correspondiente y yo fui retrocediendo, inconscientemente, hacia la pared. El choque de la misma contra mi espalda tuvo la virtud de terminar de borrar los últimos rastros de alcohol de mi enturbiada cabeza.
Como movidos por una invisible señal, me vi rodeado por 4 tíos que me reclamaban un dinero que no podía pagar. Resignado, me preparé para recibir la primera paliza de mi vida, aunque esperaba que, por lo menos, tuviera el coraje suficiente como para dar algún puñetazo antes de caer sangrando al suelo.
En un momento de la discusión, uno de ellos sacó una navaja y lanzó un par de tajos que logré esquivar de puro milagro. No obstante, me di por perdido en cuanto uno de ellos consiguió colocarse detrás mía y sujetarme fuertemente los brazos. Medio inmovilizado, me revolví como pude pero fue inútil.
Y de nuevo, el cliché sacado de una película de serie B se repitió.
El matón contra el que había jugado al billar se acercó lentamente hacia mí, con la malsana intención de hacerme temblar de miedo. Tan absorto estaba conmigo que uno de sus amigos fue el que tuvo que llamarle la atención acerca del hombre que se le acercaba con paso tranquilo.
En aquel momento no pude distinguir sus facciones, pero siempre recordaré su figura acercándose hasta nosotros como quien fuera a saludar a unos amigos a los que no veía desde hacía mucho tiempo.
El matón se volvió hacia él e intercambiaron unas pocas frases. El recién llegado quería que me soltaran. El matón no estaba dispuesto a ello. La tensión se podía cortar con la navaja de mi agresor y no tardó en lanzar un tajo hacia el pecho del invitado sorpresa.
La mano se detuvo a medio camino del final, pues aquel hombre le había agarrado de la muñeca a mitad de trayectoria y, girando el brazo, le puso la mano detrás de la espalda y, con la zurda, le cogió del cuello.
Imperturbable, se limitó a apretar y acercar su cara a la suya suavemente, como si pretendiera darle un beso en los labios. Los otros tres matones estaban estupefactos y el que me sujetaba aflojó su presa. Inconscientemente, levanté mi codo en un movimiento brusco y lo estrellé contra su cara. Apenas me di cuenta de que con el retroceso, mi captor se había golpeado la cabeza contra la pared y cayó medio inconsciente al suelo.
En aquel momento yo sólo pensaba en colocarme a la derecha de aquel desconocido para, en el caso de que fuera necesario, luchar a su lado. Afortunadamente para los matones, cosa que en aquellos instantes yo todavía no sabía, aquello no fue necesario.
En cuanto me coloqué a su diestra, el desconocido se libró de mi agresor con un empujón y rodeándome con un brazo, tal y como se cogen los amigos, me obligó a darme la vuelta y los dejamos allí recogiendo al inconsciente y saliendo como si el diablo los persiguiera, de aquel antro.
Ajeno a todo aquello, el hombre que me había salvado de una paliza, me condujo hasta una mesa y con un gesto me indicó que me sentara.
Permanecimos en silencio unos minutos más. Yo no tenía fuerzas para decir nada y mi compañero parecía preferir el silencio. En aquellos momentos aproveché para fijarme en él.
Medía un poco más de metro ochenta y era robusto, aunque no estaba gordo. Se le notaba que era muy fuerte y que apenas se había empleado a fondo, ya que no había sudado ni una gota, mientras que yo estaba empapado.
Vestía botas de piel y vaqueros negros. Encima de una camiseta negra llevaba una de esas chupas de cuero cruzadas que son tan frecuentes en motoristas. El pelo, moreno y largo, lo llevaba suelto sobre los hombros, y su cara estaba enmarcada por una espesa barba. No obstante, se le adivinaban más de una cicatriz y su ceja izquierda estaba rota en más de una parte.
Abrí la boca para empezar a agradecerle su gesto cuando levantó una mano para hacerme callar. Se dio la vuelta y llamó a una de las camareras que pasaba cerca de allí. Cuando se acercó, pedí un vodka con limón y cuando le tocó su turno, sonriendo como si recordara un mal chiste, pidió una botella de ginebra, cambió lo mío por una botella de whisky.
Guardé silencio hasta que nos trajeron las bebidas, que él pagó con un par de billetes, y brindamos en silencio. Yo porque no dije nada, y él porque lo que dijo fue en voz tan baja que no pude entenderlo.
Cuando por fin apuramos casi dos tercios de nuestros vasos, alargó su mano y se presentó. “Arthur”, exclamó con un fuerte acento inglés. Le dije mi nombre y continuamos bebiendo sin apenas mediar palabra.
Poco a poco la conversación nació espontáneamente y me asaltó a preguntas. Hombre de mundo como era, seguramente había intuido mi estado de ánimo y sabía que necesitaba contar mis penas a un extraño con unos buenos tragos de alcohol.
Así que pasamos la siguiente hora y media hablando de mí y de mis desdichas. Al final, exhausto y borracho, empecé a darme cuenta de que apenas sabía nada de él. Así que empecé a preguntarle por él.
Supongo que sino hubiera estado tan borracho él no hubiera contestado a ninguna de mis preguntas y, aunque he olvidado muchos detalles de la historia, siempre recordaré la frase con la que empezó su relato:
“¿Recuerdas aquella historia en la que una furcia le entregó una espada a un tío y se convirtió en Rey? Bien, pues aquel tío era mi padre.”
Asintiendo, reí ante el relato, seguramente inventado e inspirado por la ginebra, le hice un gesto para que continuara.
Poco a poco me fui metiendo en sus desvaríos, adentrándome en la sencilla historia que se desplegaba ante mí.
En su relato se mezclaba la mitología artúrica narrada con una melancolía tal que en algunos momentos creí ver alguna lágrima que se perdía en las profundidades de su barba.
Así, en mi mente se desarrolló la vida de un crío al que un cruel mago había elevado al trono, jugando con él para unir una tierra que no debía ser unida jamás, hundiéndola en guerras y miserias. Cuando por fin parecía que con el casamiento de la doncella Ginebra traería la paz, el maldito Merlín propició el enamoramiento de su mejor amigo con su futura esposa, tramando ya desde el principio el fatal desenlace.
Más tarde, viendo que los caballeros de la famosa mesa parecían recobrar el orden y la paz, los envió a una imposible misión, la de recuperar una copa que un hombre había usado en una cena hacía muchos siglos atrás. Y no contentó con ello, se alió con la hermanastra del Rey para concebir un bastardo que le sucedería y que accedería al trono, asegurando así que la corrupción del poder se propagaría generación tras generación. Y para rematar la faena, impulsó una guerra parricida en la que el Rey estuvo a punto de morir a manos de su hijo.
“Y allí, tendido en el campo de batalla, herido mortalmente, noté como unas manos me cogían de las axilas y me sacaban de allí. Nunca supe el nombre de mi salvador, pero bien sabía lo que esperaba de mí. Pretendía que continuara con vida para luchar contra Merlín en cuanto me recuperase. Quería utilizarme tal y como lo habían hecho desde mi nacimiento. Así que hice lo más sensato que un hombre podía hacer. Hundí mi acero en sus entrañas y luego le corté la cabeza para asegurarme de su muerte. Sabiendo que todos me considerarían muerto, huí de Inglaterra y dejé pasar varios siglos antes de volver.”
El resto de la historia perdió fuerza a partir de entonces, o bien era que yo ya estaba a punto de desmayarme por el alcohol. No lo sé, el caso es que poco recuerdo de aquella parte de la narración.
Cuando le pregunté, recuerdo que me contestó que no sabía porqué seguía vivo, pero que tampoco le importaba mucho. Era libre y con eso le bastaba. Dijo que en ocasiones había sentido miedo, pues le había parecido ver a algunos de sus Caballeros aún buscando aquel arcano cáliz, pero la última vez había sido ya hacía un siglo y medio. “Pero, no pude evitar preguntarle, ¿qué fue de Excálibur?”
A lo que se limitó a sonreír en silencio y menear la cabeza.
Llegó la hora de despedirnos y le acompañé hasta la acera, donde le esperaba su moto para continuar su viaje. Apoyado en la puerta del bar, vi como encendía el motor y en mis oídos sonó como un enorme caballo relinchando de placer al ponerse en marcha y poder galopar de nuevo.
Contemplé como se adentraba en la oscuridad de la noche, rota tan solo por la iluminación de las farolas y recordé que aún quedaba un tercio de una botella de whisky esperándome en el interior del bar. Así que volví a la mesa y le terminé. Han pasado cincuenta años desde entonces y aunque viva otros cincuenta jamás olvidaré la noche en la que conocí a una leyenda.
Diréis que estoy loco. Que Arturo y Ginebra, Lanzarote, Merlín, Morgana, Mordred y los demás jamás existieron. Y que aunque así fuera, nadie puede vivir más de mil años, recorriendo el mundo sólo por el placer de sentirse libre, salvando a jovenzuelos que se han metido en apuros por intentar olvidar a una mujer.
No obstante, vosotros no estuvisteis allí. No oísteis su voz contándome la historia, sus ojos refulgiendo en la semioscuridad del bar. A mí sólo eso ya me basta para convencerme de la verdad.
Sin embargo, tengo una prueba en mi poder, una que está guardada en una caja de seguridad de un banco con una copia de este relato y que mi hijo, al que llamé Arturo, heredará cuando yo ya no esté con vosotros.
Y es que cuando volví a la mesa en mi sitio, al lado de la botella, Arturo, o Arthur como se hacía llamar por aquel entonces, me había dejado un regalo de despedida: una antigua moneda de oro. En un lado estaba grabado una cara enormemente parecida a la de aquel que había pagado las cuentas. En el reverso, grabado en latín, una frase que no tuve dificultad en traducir: “El Rey y la Tierra son uno”.