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La defensa socrática

Thursday, April 7th, 2011

La defensa socrática
Por Güimi

¿Qué dice realmente el dios y qué indica en enigma?
Yo tengo conciencia de que no soy sabio, ni poco ni mucho.

Sócrates, según Platón

Era frustrante hablar con Dios. Como representante suyo en la tierra, yo era el único que conocía una parte de la verdad. Aún así tenía fuertes deseos de dejar de ser ateo. Realmente Dios tenía razón, como no podía ser de otra manera. Siempre tenía razón, aunque la mayoría de las veces yo no entendiese el por qué. Dios intentaba explicármelo todo de manera que yo lo entendiese, era amable y paciente, pero no teníamos tiempo (¿qué es el tiempo?).

Aunque Dios me estaba esperando me tomé unos momentos para mirar por la ventana. Una masa inimaginable de gente se extendía por los jardines de esta nueva iglesia, simplemente contemplando, esperando silente y esperanzada (Pulgones volando hacia la luz). No necesitaba que me contasen las noticias para saber que las buenas nuevas se sucedían. Apenas hacía unos días (¿semanas?) desde la venida de este Dios y el mundo era otro. Todos los políticos del mundo hicieron constricción, confesaron sus inmundicias y se pusieron, por fin, al servicio de la población. Los ricos, los ladrones de guante blanco y aeropuerto propio, pusieron sus entramados al servicio del prójimo. Se dejaron de disparar armas y todos los pobladores se entregaron a la ilusión de la nueva era. Conflictos internacionales se solucionaban cada día porque las discusiones religiosas ya no tenían sentido y los recursos se repartían con ilusión. Toneladas y toneladas de comida, de medios, de medicinas, fueron repartiéndose por el mundo. Se podía decir que no quedaban guerras y en breve podría acabarse del todo con el hambre y la pobreza. Millones de terrestres despertaban felices soñando con lo que se conseguiría en pocos meses. Pero no disponíamos de tanto tiempo.

- Dios, buenos días -dije-. Y al hacerlo cometía dos errores, le daba la razón dos veces más. No necesitaba realmente hablar para comunicarme con Dios, pero necesitaba conservar algo de mis costumbres y mi forma de actuar, seguía ritos… y seguía llamándole Dios. Pero Dios, como siempre, era comprensiva y afable, se daba cuenta de mis errores, se daba cuenta de todo, pero no hacía hincapié en ello.
- Buenos días -respondió Dios, siempre tan educada- ¿Has encontrado una solución a tu dilema?
¡Como si fuera tan fácil!

- Podemos ser muy útiles, ¿sabes?
- Burros, bueyes, perros…
Sí claro, todos esos eran animales muy útiles, fácilmente educables, relativamente inteligentes. ¿Y qué teníamos nosotros de diferentes a ellos? Me empeñaba en pensar que Dios quería ayudarnos, pero era todo tan complejo. Al principio no entendía nada de lo que me explicaba Dios. Aunque usaba mis propias ideas y conceptos para intentar mostrármelo, aunque usaba mis propias metáforas y formas de expresión, su pensamiento se me escapaba. Poco a poco nos fuimos entendiendo. Bueno, Dios siempre lo entendió todo, claro. Yo era como un bebé de dos o tres años apenas empezando a hablar. Dios era la mamá que me hablaba de solidaridad, de futuro; la que me explicaba cómo se enciende y apaga un sol, o cómo viajar entre galaxias… y yo no terminaba de entender los conceptos. Este bebé había aprendido las palabras e incluso la superficie de algunas ideas, pero no terminaba de entender lo que decía mamá. El bebé intentaba estar a la altura, mostrar inteligencia y mamá respondía con una sonrisa feliz, ¡qué listo es mi bebé! Pero no tan listo como para que mamá pudiera tener una conversación seria conmigo; mamá no podía confiar en mi para que cuidara sus cosas, no podía dejarme jugar con objetos que pudieran ser peligrosos para mi mismo, como la bomba atómica. Los humanos solo éramos bebés. Quizá solo mascotas.

Así que el representante de Dios en la tierra tenía una misión que nadie conocía: convencer a Dios de que éramos significativamente más inteligentes que el resto de animales de la tierra. Si no lo conseguía Dios no podría convencer a su gente de que nos salvasen. No me quedó claro de que espacio-tiempo venían ni el tipo de problema en que nos habíamos encontrado. Al principio estuve muy orgulloso de poder seguir las primeras explicaciones de las dimensiones y la materia. ¡Joder tenía dos nóbeles en física! Pero como decía Dios, nuestra mente no estaba preparada si quiera para imaginar las grandes cifras. ¿Quién puede realmente imaginar 1030 plátanos uno al lado de otro? ¿Y cuánto demonios ocupa realmente eso? ¿Qué significa que los tiempos se entrecrucen en túneles agujereados?

Dios, claro, aceptaba que éramos los más inteligentes del planeta, la cuestión es que esa diferencia no parecía significativa. Algunos chimpancés, de los que solo nos diferenciamos genéticamente un 1%, son capaces de contar y de usar un lenguaje. Los llevamos a la tele y la gente dice: ?¡que monito tan simpático! ¡sabe contar como mi bebé! ¡qué gracioso!? Los no-terrestres podrían tomarme a mi y decir ?¡que humanito tan simpático! ¡sabe un poco de física cuántica como mi bebé! ¡qué gracioso!?

De acuerdo, no había ninguna diferencia significativa entre nosotros y el resto de animales. Solo matices. Sabemos matemáticas, pero muchos animales saben contar, es lo mismo, solo que un grado más.
Podemos usar herramientas, trabajar en equipo.
Elefantes -indicaba Dios-.
Somos agrícolas, cultivamos plantas y animales.
Hormigas.
Podemos hablar y comunicarnos -decía yo.
Chimpancés, orcas, delfines -decía Dios condescendiente.
Los terrestres podemos organizaros para luchar contra vosotros ¿sabes? Y lo haremos. Aunque no tengamos esperanzas de ganar, aunque nunca hasta ahora nos hayamos unido todos, podemos coordinarnos, repartirnos tareas, seguir todos un objetivo y luchar contra vosotros.
Hormigas -había respondido de nuevo Dios. Sí, claro. Empezaba a odiar a las hormigas.

Dios lo sabía todo. Al menos todo aquello en lo que yo fuese capaz de pensar. ¿Entonces por qué demonios me preguntaba a mi qué nos hace diferentes del resto de animales? No, a decir verdad, Dios no me preguntaba qué nos hace diferentes. Yo había dicho que éramos diferentes, Dios solo me refutaba. Dios no pensaba que fuésemos diferentes. En realidad yo tampoco pensé nunca que los humanos fuésemos especiales. La ciencia ha ido restando cada vez más importancia al hombre, nuestro lugar cada vez era menos especial, nosotros cada vez menos diferentes de una simple mota de polvo. Yo solo lo defendía para intentar salvarnos. Pero Dios era paciente y amable, supongo que en cierta forma le resultábamos simpáticos (Gatos, tortugas, camaleones). Perdía su tiempo con nosotros (¿o no perdía Tiempo, solo un tiempo entrecruzado?) y nos daba una oportunidad de salvarnos.

Había tantas cosas que quería preguntarle a Dios, tanto que aprender. Incluso aunque no entendí casi nada, fue fascinante ?ver? retazos de los principios del universo cuando los puso en mi mente. Yo solo quería aprender. Soy un mono de mente limitada y nunca entenderé la dualidad onda-corpúsculo con el entendimiento real y obvio que tiene un no-terrestre casi ?recién nacido?… pero me gustaría. Siempre supe que es más lo que nos falta por aprender que lo que sabemos y ahora tenía a mi lado a un ser que me podía explicar todo lo que mi mente era capaz de entender. E iba a perder esa oportunidad.

Aunque no tengamos vuestra capacidad mental, vale la pena el esfuerzo de salvarnos.
Ratas en un barco que se hunde -dijo Dios, quizá con pena.

El tiempo, nuestro tiempo, se acababa. No habría una segunda oportunidad. No existe Dios ni vida después de la vida.

Era fascinante hablar con Dios.

La solución, claro, era la Apología de Sócrates.


La Apología de Sócrates (???????? ?????????), es una obra de Platón que da una versión del discurso que Sócrates pronunció como defensa, ante los tribunales atenienses, en el juicio en el que se lo acusó de corromper a la juventud y no creer en los dioses de la polis.

http://es.wikipedia.org/wiki/Apolog%C3%ADa_de_S%C3%B3crates

“¿Qué dice realmente el dios y qué indica en enigma? Yo tengo conciencia de que no soy sabio, ni poco ni mucho. […] este hombre cree saber algo y no lo sabe, en cambio yo, así como, en efecto, no sé, tampoco creo saber. Parece, pues, que al menos soy más sabio que él en esta misma pequeñez, en que lo que no sé tampoco creo saberlo.”

http://es.wikisource.org/wiki/Apolog%C3%ADa_de_S%C3%B3crates

Un nuevo Pau

Monday, July 16th, 2007

Aviso: Entrada larga y pastosa seguramente no apta para los que no me conozcan en persona y/o vayan a ser padres en poco tiempo.
Esperando con papá

El jueves por la mañana Ana había ido a una revisión con la matrona y todo parecía normal.
Yo había enviado un mensaje a los amigos diciendo “todo va bien, os envío unas fotos de Ana para que veáis lo gorda que está, no os preocupeis que no le toca hasta el 14 de Agosto”. En realidad le tocaba el 4 de Agosto pero no queríamos que la gente nos preguntase mucho si el niño se retrasaba un poco.

Por la tarde, estando en una clase, me llama Ana al móvil y me dice “No te preocupes, pero estoy con dolores, he ido al baño y he visto que estoy sangrando, así que me voy al hospital.” Y yo, “espera que voy corriendo, llama a un taxi y si llega antes que yo que te lleve al hospital y me llamas, que yo acudo.”
Cuando estaba entrado por la calle del trabajo de Ana veo un taxi que cierra la puerta y se pone en marcha. Me pongo a seguirlo hasta que un par de semáforos más adelante lo alcanzo y veo que no lleva a Ana. Justo en ese momento me llama ella al teléfono:
- ¿Dónde estás?
- Siguiendo a un taxi equivocado ¿y tú?
- En el trabajo que acaba de llegar el taxi
- Pues espera que ya estoy allí

Nosotros teníamos pensado acudir el día del parto al 9 de Octubre, un hospital privado, pero habiéndose adelantado un mes y sin saber si estábamos de parto o era algo más grave nos fuímos al hospital más cercano, el Clínico Universitario.
Da la casualidad que el sábado nos habíamos encontrado con un amigo que hacía mucho que no veía y nos contó que acababan de perder un chiquillo estando su mujer embarazada de 7 u 8 meses.

Así que lo peor fue la primera hora y media. Entraron a Ana sola en obstetrícia a las 18:09 y estuvieron haciendo pruebas y monitorizándola hora y media sin decirnos nada y sin dejarme verla. Yo solo hacía que preguntar a todo el personal que pasaba y nadie me decía si pasaba algo, si mi mujer estaba bien, si todo era normal…
Me colé en la zona de obstetrícia y al rato me encontré con Ana. La pobre se encontraba fatal y todavía no le habían dicho nada tampoco a ella.
Al poco la hicieron volver a entrar y yo seguí preguntando a toda persona que pasase con una bata o similar hasta que una residente de primer año, Chari, ya me dijo que no pasaba nada, que mi mujer estaba de parto, que en seguida me dejarían pasar. Que alivio.
Más tarde una matrona o enfermera o algo así que -suele pasar- encima era la más mal educada y la más estúpida nos dijo -dirigiéndose a Ana pero midiendo que la oyésemos los dos- “su marido estaba muy nervisioto…”. En fin…

Sobre las 19:30 llamé a mi padre para decirle que seguramente estábamos de parto y pedirle que llamase a mi hermano y le dijese que no podría ir a cenar con él como había quedado, y que pasase a comprar varias cosas, como compresas de algodón, algo de cenar para mí, frutos secos, chocolatinas, un abanico… al pobre hombre le llamé varias veces y acabo viniendo cargado con varias bolsas. Por si fuera poco cuando llegó yo ya estaba dentro y no me dejaban salir así que encima se quedó fuera, sin saber si estaba en el sitio correcto, y sin nada que hacer.

El caso es que por fín, en torno a las 8 me dejaron pasar con Ana y ya estuve todo el rato con ella. Excepto 10 minutos que tuve que salir mientras le pinchaban la epidural.
La verdad es que tuvimos bastante suerte. Estábamos en el paritorio 3, sin pasar por salas de dilatación ni nada -Ana había llegado con 5cm. de dilatación, siendo lo normal llegar con 2 o 3-. Nos atendieron dos matronas, Chari y Nati. Nati era, claramente, la experta. Amable, sin demasiadas confianzas pero agradable y además después nos ayudó mucho.
Durante una hora más, aproximadamente, Ana estuvo teniendo contracciones que le dolían bastante, y aún no eran las más fuertes; recibiendo visitas de las matronas de rato en rato que comprobaban la evolución de Ana. Por momentos parecía que había más gente haciendo cola para medir como iba la dilatación que en la entrada del cine.
Ana estaba todo el rato monitorizada, con su propia máquina que hace “ping”, y con un gotero preparado.
Le rompieron la bolsa de aguas y después le pusieron un analgésico que le dejo bastante grogi, pero desde luego era mejor eso que nada.
Casi a las 9 vino la anestesista para disculparse por no haber podido atendernos, ya que habían tenido una urgencia, y además tenía que haberse ido a las 8. Aún así, le caímos simpáticos y finalmente la buena mujer le puso la epidural a Ana antes de irse.
El comentario más repetido de Ana: “es el invento del siglo, es el invento del siglo”.
También vino Chari a despedirse -cambio de turno- y desearnos suerte.

Aproveché que me hicieron salir para poner la epidural a Ana para hablar un rato con mi padre, hacernos un par de fotos y “cenar” un poco.
Esperando con papá
También llamé a los padres de Ana aunque no me cogieron el teléfono. De nuevo dió la casualidad que este fin de semana iban a venir de visita.
Cuando por fin hablé con Carmen, la madre de Ana, le dije:
- ¿Al final vienes este fin de semana?
- Sí, voy el sábado
- ¿No puedes venir el viernes?
- No es que estoy muy liada porque tengo que hacer nosequé…
- ¿No te puedo convencer de que vengas el viernes?
- No, porque tal y cual…
- ¿Ni siquiera si te digo que tu hija está de parto?
- ¿Qué?
Al principio no se lo creía, pero el caso es que a las 5 de la mañana ya estaba en Valencia…

Tras recibir la epidural, Ana estuvo una hora adormentándose, llegó a roncar un poco.
El personal aprovechó para cenar tranquilamente. No sé si le durmieron demás para que no les interrumpiese la velada…
Esperando con papá
Después ya se fué despejando. Seguía teniendo contracciones, pero solo notaba las más fuertes según el chivato del monitor (4 contraciones cada 10 minutos), y no le dolían. “Es el invento del siglo”.
Por fín en torno a las 11 vino Nati y comenzó el trabajo de parto. Exploró a Ana, que ya estaba completamente dilatada pero la cabeza no bajaba. La bolsa de aguas se la habían roto una hora antes o más. Empezó a guiar a Ana para que empujase en cada contracción y metiéndo la mano para guiar la cabeza del niño. Enseguida empezó Ana a coger el ritmo y a empujar muy bien.
Al rato me llamó Nati “mira la cabeza, mira la cabeza ¿la vés?”.
Se veía la cabezita un poco, la coronilla más bien. Pero solo mientras Ana empujaba. En cuanto dejaba de empujar se volvía a meter para adentro.
“Bueno, pues este chico ya tiene que salir. Empujando o por cesárea, pero sale, o sea que a ver si conseguimos sacarlo por aquí. Venga, ¡empuja!”
Eran sobre las 11 y media cuando ya se comenzó a llenar la sala y Ana tuvo que empujar en cada contracción con todas sus fuerzas. Gracias a la epidural estaba despierta, consciente, sin mucho dolor y enterándose de todo para poder empujar sin descanso.
- Nada, no quiere salir… -decía Nati-
- Será que quiere nacer mañana -dijo Ana-
Efectivamente casi a las 12 el niño colocó la cabeza.
- Venga que ya es viernes, que ya puedes nacer, ánimo

A la pobre Nati le entró taquicardia, debía llevar un turno muy largo. Le sustituyó “miss sonrisa 2007″, menos mal que el resto del parto lo atendió ya una doctora, Cris.
- Venga Nati, sal un rato a descansar
- De eso nada, yo no me voy hasta que nazca Pau.
Y se quedó el resto del parto.

Eran las 12:11 cuando por fín saco la cabezita
- ¡Ana, le veo la cara!, ¡ya está aquí!, ¡le veo la cara!
Salió boca abajo, con la cara arrugada, entre fluídos y manos, cayéndole líquido amniótico de la boca y la nariz.
- Ahora no empujes, espera un momento. -dijo la doctora
El niño venía con una vuelta de cordón, pero totalmente laxa, sin problemas. Colocó el cordón y siguió masajeándo la zona para que no se desgarrase.
- Venga un empujón más.
Y salió de una el chiquillo.
Esperando con papá

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(video de 15 segundos)

Una matrona lo cogió y lo llevó a un lado de sala a limpiarlo y comprobar que estaba bien (dos 10 en el test de Apgar, el muy empollón) mientras Cristina siguió con Ana, limpiándola sacando el cordón y la placenta, comprobando que el útero empezaba a contraerse…
Yo hacía fotos al niño, besaba a Ana, ayudaba a colocar la cama para Cristina, volvía a hacer fotos…
- Eso que sale es la placenta, ¿no? -comenté
- ¿Esto la placenta? No, no, espera un momento y verás…
¡Madre mía! ¡La placenta es enorme! ¡Y fea! Incluso asquerosa, diría yo…brrrruuuuu

En cinco minutos me dieron al niño, me hice un par de fotos con él y se lo puse a Ana encima, que estaba sudando la pobre. Ayudé a recolocar la cama cuando terminaron con Ana y cuando Cristina ya se había lavado me dijo “¿Puedo coger al niño un poco?”
- ¡Claro! si tú eres la primer que lo ha cogido. ¿Te hago una foto?
Estábamos todo emocionados. Oí comentar a las matronas que había sido un parto muy bonito. La verdad es que salió todo perfecto.
Esperando con papá

Se ve que Ana se organiza muy bien y pensó, mejor lo tengo con 8 meses, que así me ahorro el último mes, que es el peor. Además en Julio, con todo el calor… nada, nada, mejor con 8 meses que así el niño no es muy grande y sale bien.
Esperando con papá

Pau pesó 2,580 Kg y midió unos 47 centímetros. Era una cosita arrugada, un poco grasienta, morada, de manos grandes, orejas un poco puntiagudas… ¡Soy el padre de Gollum!

Ya con más tranquilidad salí a avisar a mi padre que ya estaba hecho un abuelo y de paso saludé a mi hermano y mi cuñada que habían venido en algún momento indeterminado.
Les avisé que aún tardaríamos un rato en salir. ¡Y vaya si tardamos! El celador que nos tenía que subir a la habitación debía estar estreñido en el baño…

Ya eran cerca de las dos cuando aparecimos en una habiación: Ana, el niño y yo, un celador, una enfermera, mi padre, mi hermano y mi cuñada. Había una pareja en la habitación durmiendo y la enfermera despertó al marido para echarle.
- Déjelo dormir que no pasa nada
- Tiene que salirse y se sale. ¡Señora!, ¡despiérte a su marido que tiene que salir!.

Cerca de las 4 aparecía Emilio, el padre de Ana, con su hermana Maria y en seguida se fué para recoger a la madre de Ana que llegaba en autobús a las 5. Emilio consiguió volver a perderse tanto a la ida como a la vuelta y aparecieron los 3 en torno a las 6… no dormimos nada esa noche.
Esperando con papá

Una anécdota sobre lo que se parecen los niños. Cuando el viernes subía de desayunar con los padres de Ana, nos encontramos que estaban todos los niños en el baño y dije algo así como:
- Son todos iguales. Ése por ejemplo podría ser el mío.
Me fijo, y quien llevaba al niño en cuestión era mi hermana. ¡Era el mío de verdad! Igual no se parecen tanto, pero solo lo sabe mi inconsciente…

Los siguientes días en el hospital han sido bastante rutinarios, recibiendo muchas visitas haciendo muchas fotos al bebé; Pau engordando y cogiendo color -sigue teniendo las orejas de punta, así que ahora es Smigol-; nosotros durmiendo poco por la noche y aprendiendo a dar de mamar. El domingo tuvo Ana la subida de leche.
Por las mañanas llevamos los bebés a bañar y de paso les hacen una revisión visual y les pesan.
(Viernes 2′585Kg, Sábado 2′525Kg, Domingo 5′520Kg, Lunes 2′515Kg).
Esperando con papá

Por fín el sábado me fuí un rato a casa a ducharme y quitarme la ropa del jueves que aún llevaba.
Ana hoy lunes todavía tiene dolor de espalda, de la epidural y de contracturas porque empujó en una mala posición.

Estamos deseándo que nos den el alta de una vez e irnos a casa con el nuevo mamón.

(He dejado más fotos en el álbum del bebé)

Arturo

Friday, October 6th, 2006

Contribución de Feo

Todo comenzó en una noche lluviosa como esta, en un bar cuyo nombre permanece en el olvido, perdido en las brumas de la juventud y en las sombras del alcohol.
Por aquel entonces yo era un jovenzuelo de apenas veinte años que, con mis metro setenta de estatura, apenas pesaba más de sesenta kilos. Llevaba el pelo corto, cortado casi a cepillo, e intentaba con poco éxito dejarme un rastro de barba que me tapara la cara y me hiciera parecer algo más interesante al sexo femenino.
Obviamente, provocaba más alguna sonrisita sarcástica que otra cosa.
Recuerdo que mi ánimo era tormentoso, como el cielo nocturno de aquella velada. En mi mente resonaban antiguas canciones de Los Rodríguez e intentaba ahogar en alcohol el recuerdo de una novia ya olvidada, aunque por aquel entonces aquella fémina había significado todo para mí.
Perdóname si me extiendo en la introducción, pero me sirve de recordatorio para los detalles de aquella noche, a la vez que me provoca cierta nostalgia embeberme en los recuerdos de aquella época.
Pero en fin, intentemos ir al grano ahora que ya casi he conseguido meterme en situación.

Borracho como estaba, me acerqué a una mesa de billar que, como una amante despechada, reinaba en la soledad de un rincón. Siempre me he enorgullecido de mi habilidad para las carambolas y de mi puntería, así que decidí desahogarme un poco con un taco, la bola blanca y las restantes quince.
Una tras otra, las partidas se sucedían y mi mente se desembotaba un poco, cuando se me acercó un tipo, alto y vestido de cuero, con el propósito de unirse a mí en la mesa.
Harto de jugar en solitario, decidí que la compañía me haría bien. Así que empezamos a jugar, al principio por diversión y cruzando pequeñas apuestas. Por supuesto, yo estaba empapado de películas como “El Buscavidas” y “El Color Del Dinero”, pero aquel tío era muy bueno en su trabajo, y poco a poco mi orgullo fue ganando la batalla y yo perdiendo mi dinero.
Mientras jugábamos, apenas me percaté de los tres matones que, estratégicamente, se habían colocado para cubrir cualquier vía de escape que pudiera seguir.
Así que, en la última de las partidas, aquella en la que había apostado más de lo que podía jugarme, me encontré en una situación de esas que no las deseas ni para tu peor enemigo.
Mi contrincante metió la fatídica bola negra en la tronera correspondiente y yo fui retrocediendo, inconscientemente, hacia la pared. El choque de la misma contra mi espalda tuvo la virtud de terminar de borrar los últimos rastros de alcohol de mi enturbiada cabeza.
Como movidos por una invisible señal, me vi rodeado por 4 tíos que me reclamaban un dinero que no podía pagar. Resignado, me preparé para recibir la primera paliza de mi vida, aunque esperaba que, por lo menos, tuviera el coraje suficiente como para dar algún puñetazo antes de caer sangrando al suelo.
En un momento de la discusión, uno de ellos sacó una navaja y lanzó un par de tajos que logré esquivar de puro milagro. No obstante, me di por perdido en cuanto uno de ellos consiguió colocarse detrás mía y sujetarme fuertemente los brazos. Medio inmovilizado, me revolví como pude pero fue inútil.
Y de nuevo, el cliché sacado de una película de serie B se repitió.
El matón contra el que había jugado al billar se acercó lentamente hacia mí, con la malsana intención de hacerme temblar de miedo. Tan absorto estaba conmigo que uno de sus amigos fue el que tuvo que llamarle la atención acerca del hombre que se le acercaba con paso tranquilo.
En aquel momento no pude distinguir sus facciones, pero siempre recordaré su figura acercándose hasta nosotros como quien fuera a saludar a unos amigos a los que no veía desde hacía mucho tiempo.
El matón se volvió hacia él e intercambiaron unas pocas frases. El recién llegado quería que me soltaran. El matón no estaba dispuesto a ello. La tensión se podía cortar con la navaja de mi agresor y no tardó en lanzar un tajo hacia el pecho del invitado sorpresa.
La mano se detuvo a medio camino del final, pues aquel hombre le había agarrado de la muñeca a mitad de trayectoria y, girando el brazo, le puso la mano detrás de la espalda y, con la zurda, le cogió del cuello.
Imperturbable, se limitó a apretar y acercar su cara a la suya suavemente, como si pretendiera darle un beso en los labios. Los otros tres matones estaban estupefactos y el que me sujetaba aflojó su presa. Inconscientemente, levanté mi codo en un movimiento brusco y lo estrellé contra su cara. Apenas me di cuenta de que con el retroceso, mi captor se había golpeado la cabeza contra la pared y cayó medio inconsciente al suelo.
En aquel momento yo sólo pensaba en colocarme a la derecha de aquel desconocido para, en el caso de que fuera necesario, luchar a su lado. Afortunadamente para los matones, cosa que en aquellos instantes yo todavía no sabía, aquello no fue necesario.
En cuanto me coloqué a su diestra, el desconocido se libró de mi agresor con un empujón y rodeándome con un brazo, tal y como se cogen los amigos, me obligó a darme la vuelta y los dejamos allí recogiendo al inconsciente y saliendo como si el diablo los persiguiera, de aquel antro.
Ajeno a todo aquello, el hombre que me había salvado de una paliza, me condujo hasta una mesa y con un gesto me indicó que me sentara.
Permanecimos en silencio unos minutos más. Yo no tenía fuerzas para decir nada y mi compañero parecía preferir el silencio. En aquellos momentos aproveché para fijarme en él.
Medía un poco más de metro ochenta y era robusto, aunque no estaba gordo. Se le notaba que era muy fuerte y que apenas se había empleado a fondo, ya que no había sudado ni una gota, mientras que yo estaba empapado.
Vestía botas de piel y vaqueros negros. Encima de una camiseta negra llevaba una de esas chupas de cuero cruzadas que son tan frecuentes en motoristas. El pelo, moreno y largo, lo llevaba suelto sobre los hombros, y su cara estaba enmarcada por una espesa barba. No obstante, se le adivinaban más de una cicatriz y su ceja izquierda estaba rota en más de una parte.
Abrí la boca para empezar a agradecerle su gesto cuando levantó una mano para hacerme callar. Se dio la vuelta y llamó a una de las camareras que pasaba cerca de allí. Cuando se acercó, pedí un vodka con limón y cuando le tocó su turno, sonriendo como si recordara un mal chiste, pidió una botella de ginebra, cambió lo mío por una botella de whisky.
Guardé silencio hasta que nos trajeron las bebidas, que él pagó con un par de billetes, y brindamos en silencio. Yo porque no dije nada, y él porque lo que dijo fue en voz tan baja que no pude entenderlo.
Cuando por fin apuramos casi dos tercios de nuestros vasos, alargó su mano y se presentó. “Arthur”, exclamó con un fuerte acento inglés. Le dije mi nombre y continuamos bebiendo sin apenas mediar palabra.
Poco a poco la conversación nació espontáneamente y me asaltó a preguntas. Hombre de mundo como era, seguramente había intuido mi estado de ánimo y sabía que necesitaba contar mis penas a un extraño con unos buenos tragos de alcohol.
Así que pasamos la siguiente hora y media hablando de mí y de mis desdichas. Al final, exhausto y borracho, empecé a darme cuenta de que apenas sabía nada de él. Así que empecé a preguntarle por él.
Supongo que sino hubiera estado tan borracho él no hubiera contestado a ninguna de mis preguntas y, aunque he olvidado muchos detalles de la historia, siempre recordaré la frase con la que empezó su relato:
“¿Recuerdas aquella historia en la que una furcia le entregó una espada a un tío y se convirtió en Rey? Bien, pues aquel tío era mi padre.”
Asintiendo, reí ante el relato, seguramente inventado e inspirado por la ginebra, le hice un gesto para que continuara.
Poco a poco me fui metiendo en sus desvaríos, adentrándome en la sencilla historia que se desplegaba ante mí.
En su relato se mezclaba la mitología artúrica narrada con una melancolía tal que en algunos momentos creí ver alguna lágrima que se perdía en las profundidades de su barba.
Así, en mi mente se desarrolló la vida de un crío al que un cruel mago había elevado al trono, jugando con él para unir una tierra que no debía ser unida jamás, hundiéndola en guerras y miserias. Cuando por fin parecía que con el casamiento de la doncella Ginebra traería la paz, el maldito Merlín propició el enamoramiento de su mejor amigo con su futura esposa, tramando ya desde el principio el fatal desenlace.
Más tarde, viendo que los caballeros de la famosa mesa parecían recobrar el orden y la paz, los envió a una imposible misión, la de recuperar una copa que un hombre había usado en una cena hacía muchos siglos atrás. Y no contentó con ello, se alió con la hermanastra del Rey para concebir un bastardo que le sucedería y que accedería al trono, asegurando así que la corrupción del poder se propagaría generación tras generación. Y para rematar la faena, impulsó una guerra parricida en la que el Rey estuvo a punto de morir a manos de su hijo.
“Y allí, tendido en el campo de batalla, herido mortalmente, noté como unas manos me cogían de las axilas y me sacaban de allí. Nunca supe el nombre de mi salvador, pero bien sabía lo que esperaba de mí. Pretendía que continuara con vida para luchar contra Merlín en cuanto me recuperase. Quería utilizarme tal y como lo habían hecho desde mi nacimiento. Así que hice lo más sensato que un hombre podía hacer. Hundí mi acero en sus entrañas y luego le corté la cabeza para asegurarme de su muerte. Sabiendo que todos me considerarían muerto, huí de Inglaterra y dejé pasar varios siglos antes de volver.”
El resto de la historia perdió fuerza a partir de entonces, o bien era que yo ya estaba a punto de desmayarme por el alcohol. No lo sé, el caso es que poco recuerdo de aquella parte de la narración.
Cuando le pregunté, recuerdo que me contestó que no sabía porqué seguía vivo, pero que tampoco le importaba mucho. Era libre y con eso le bastaba. Dijo que en ocasiones había sentido miedo, pues le había parecido ver a algunos de sus Caballeros aún buscando aquel arcano cáliz, pero la última vez había sido ya hacía un siglo y medio. “Pero, no pude evitar preguntarle, ¿qué fue de Excálibur?”
A lo que se limitó a sonreír en silencio y menear la cabeza.
Llegó la hora de despedirnos y le acompañé hasta la acera, donde le esperaba su moto para continuar su viaje. Apoyado en la puerta del bar, vi como encendía el motor y en mis oídos sonó como un enorme caballo relinchando de placer al ponerse en marcha y poder galopar de nuevo.
Contemplé como se adentraba en la oscuridad de la noche, rota tan solo por la iluminación de las farolas y recordé que aún quedaba un tercio de una botella de whisky esperándome en el interior del bar. Así que volví a la mesa y le terminé. Han pasado cincuenta años desde entonces y aunque viva otros cincuenta jamás olvidaré la noche en la que conocí a una leyenda.
Diréis que estoy loco. Que Arturo y Ginebra, Lanzarote, Merlín, Morgana, Mordred y los demás jamás existieron. Y que aunque así fuera, nadie puede vivir más de mil años, recorriendo el mundo sólo por el placer de sentirse libre, salvando a jovenzuelos que se han metido en apuros por intentar olvidar a una mujer.
No obstante, vosotros no estuvisteis allí. No oísteis su voz contándome la historia, sus ojos refulgiendo en la semioscuridad del bar. A mí sólo eso ya me basta para convencerme de la verdad.
Sin embargo, tengo una prueba en mi poder, una que está guardada en una caja de seguridad de un banco con una copia de este relato y que mi hijo, al que llamé Arturo, heredará cuando yo ya no esté con vosotros.
Y es que cuando volví a la mesa en mi sitio, al lado de la botella, Arturo, o Arthur como se hacía llamar por aquel entonces, me había dejado un regalo de despedida: una antigua moneda de oro. En un lado estaba grabado una cara enormemente parecida a la de aquel que había pagado las cuentas. En el reverso, grabado en latín, una frase que no tuve dificultad en traducir: “El Rey y la Tierra son uno”.

Enseñando a los cerdos a cantar

Wednesday, October 4th, 2006

Según cuenta Rinzewind, cuando Harriet Hall se apunto a unas charlas sobre pseudociencias para ver si era capaz de aportar un poco de sentido común, sus amigos le dijeron que eso era como enseñar a cantar a los cerdos, pierdes el tiempo y el cerdo se cabrea.
Fruto de su experiencia escribió una fábula que Rinzewind a traducido y que a Hall le gustaría ver “esparcida por el Internet en español”.

¿Es real el ratoncito Pérez? Una fábula.

Harriet le dijo a su hermano pequeño Dan que no existía el Ratoncito Pérez: eran sus padres los que ponían el dinero debajo de la almohada.

Dan no creyó a Harriet. El sabía que existía el Ratoncito Pérez. Cada vez que ponía un diente debajo de su almohada, a la mañana siguiente aparecía dinero. Y todos sus amigos también decían que el Ratoncito Pérez les traía dinero. Y no podían ser papá y mamá porque se habría despertado cuando hubiesen entrado en su habitación y levantado la almohada. Además, papá y mamá decían que era el Ratoncito Pérez el que dejaba el dinero por las noches, y ellos nunca le mentirían.

Harriet consiguió que varios niños del vecindario le ayudaran a comprobar si el Ratoncito Pérez aparecía cuando sus padres no sabían que se les había caído un diente. Al parecer, cada vez que los padres tenían conocimiento de la situación, aparecía dinero debajo de la almohada a la mañana siguiente, pero si no lo sabían, el diente seguía ahí al amanecer. Dan dijo que el Ratoncito Pérez simplemente rechazaba participar en esos casos, y que no traería dinero si sabía que se le estaba poniendo a prueba.

Harriet sacó del armario su Kit del Detective Junior y buscó huellas en el dinero que el Ratoncito Pérez dejaba a Dan, encontrando las huellas de sus padres. Dan dijo que eso no probaba nada, porque había muchas maneras en las que el Ratoncito Pérez podía hacerse con dinero que previamente hubiesen tocado sus padres. O podía poner ahí las huellas de forma mágica para confundir a la gente. Y, por supuesto, el Ratoncito Pérez nunca dejaría sus propias huellas porque es un ser mágico.

La siguiente vez que a Dan se le cayó un diente, Harriet espolvoreó harina en el suelo, y a la mañana siguiente le enseñó a Dan las huellas de sus padres. Él dijo que eso no probaba nada ­ probablemente sus padres simplemente se habían acercado a ver cómo estaba, y el Ratoncito Pérez había llegado más tarde. No había huellas del Ratoncito Pérez porque se puede meter por huecos entre las paredes y no tenía que pasar justamente por encima de la harina.

La siguiente vez, Harriet colocó una cámara de vídeo en la habitación de Dan y pilló a sus padres en el acto (en el acto de coger el diente de debajo de la almohada y poner dinero en su lugar, claro está.) Dan dijo que eso tampoco probaba nada. Quizá el Ratoncito Pérez no aparecía si había una cámara grabando. Quizá tiene la capacidad de cambiar de forma y parecerse a sus padres en la grabación. Quizá le pidió a papá y a mamá el favor de hacer el cambio sólo esta vez.

Harriet cogió a Dan y le llevó a la habitación de sus padres, abrió un armario y le enseñó una caja que contenía todos los dientes que se les habían ido cayendo, perfectamente etiquetados y fechados. Ella dijo que eso era prueba suficiente de que sus padres estaban cogiendo los dientes y dejando el dinero. Dan dijo que eso no era correcto; el Ratoncito Pérez probablemente les daba a sus padres los dientes como recuerdo, o quizá se los vendía para conseguir más dinero que poner debajo de la almohada la próxima vez. ¡Eh, eso explicaría las huellas en los billetes!

Harriet y Dan hablaron con sus padres, que admitieron que eran ellos los que cogían los dientes y dejaban el dinero. Dan dijo que probablemente estaban mintiendo. ¿Por qué creerse lo que dice la gente? Él simplemente iba a ignorarlo todo excepto lo que sabía: que el mecanismo de dejar un diente debajo de la almohada funcionaba. Que el Ratoncito Pérez era real.

Harriet gritó de frustración y se arrancó el pelo a tirones. Lo dejó bajo su almohada. A la mañana siguiente, aún seguía allí.

El sufrido paciente médico

Thursday, August 3rd, 2006

Contribución de scila

A medida que avanza la medicina en sus conocimientos retroceden en su trato al paciente.

Hay un tema que me tiene enrojecido de apasionado cabreo desde hace siglos, el mal trato que la inmensa mayoría de la “clase” médica ejerce sobre los pacientes. Y pondré algunos ejemplos para aquellos que tiendan a rebatirme y afirmar que no, que son la hostia de buenos y eficaces.

Cuando a uno cualquiera de nosotros se le ocurre ir al médico, sea de cabecera o especialista en algo, comienza por creerse aquello de que la cita previa consiste en llamar, pedir hora y presentarse un cuarto de hora antes- por si acaso- en la seguridad de tener que esperar ese cuarto de hora y media más.
Pues no, has de esperar el cuarto de hora de cortesía que les has dado y dos horas, más o menos, para que te atienda tu médico de cabecera mientras despacha al anterior paciente, que aún no ha salido de la consulta. Le explicas qué pretendes, o sea que te cure o alivie la dolencia que te aqueja y no logras atraer su atención, quieres suponer que se está enterando de todo lo que le dices y que toma nota con aplicación pero, más tarde, comprobarás que no se ha enterado de casi nada.
De repente te interrumpe y dice que te tomes esto y aquello y que vuelvas dentro de quince días, y que salgas que ya está llamando al siguiente, que tropieza en la puerta con el anterior que estaba saliendo todavía con lo cual se ha enterado de tus males y de qué te ha recetado el, o la, médica, con lo que ya sois tres en la consulta. Menos mal que no has tenido que enseñarle los bajos, habría sido, a veces lo es, un espectáculo lamentable y degradante.

Cuando sales de la farmacia con las medicinas y muchos menos euros que al entrar, las medicinas han alcanzado un precio de joyas raras, te das cuenta que no te ha dicho el médico cuantas te tienes que tomar al día, ni cuantos días, tan sólo que “vuelvas” en 15 días. ¡Joder!

Vale, piensas, me leeré el prospecto informativo. Y te lo lees, y empalideces y tiemblas cuando te enteras de que, para tomarte eso, deben hacerte previamente una analítica completa que determine tus niveles de ésto y de aquello o corres grave riesgo de muerte o deceso si lo tomas sin ese análisis previo, que debe repetirse cada ocho días para comprobar las alteraciones que puede producir el medicamento que hora te quema en la mano.

¿Y qué haces? Tú tienes un problema, el que fuere, tienes una receta y la medicina… pues te lo tomas, con dos… Y pueden pasar dos cosas, o que te haga efecto positivo o que no. Si te hace efecto, pues qué bien, y si no dentro de quince días vuelves, esperas las dos horas reglamentarias y le dices en la cara al suplente, ese día libra el titular, que no te ha hecho nada el medicamento.
Y el suplente sin levantar la vista de la mesa, ese gesto ya es epidémico, te receta otra cosa y te dice que esto casi seguro que te aliviará pero que, en caso contrario, no lo dudes, vuelvas dentro de quince días que ya estará tu médico de cabecera y se lo cuentes a él.

Te quedas con la boca abierta, se te olvida otra vez preguntar la dosis y el porqué nadie te pide la analítica que prescribe el prospecto y el siguiente, que ya ha entrado en la consulta, te mira de malos modos por que quiere un poquito de intimidad con su médico suplente. Y te vas runruneando la posibilidad de hacer una hombrada e irte a un especialista de pago, lo que cueste, para que de una vez te atiendan como dios manda, y te receten lo que toca y te devuelvan la salud de hierro habitual. Y te puedas sentir paciente pero con dignidad.

No os canso más, os contaré lo que sigue otro día, si os parece bien.
Saludos calurosos (36º dentro de la piscina)

¿Qué pasa, nen?

Friday, November 25th, 2005

El sábado pasado estaba en una fiesta cuando se me acerca una chica y me dice “¿Qué pasa, nen?” y acto seguido empieza a agitar el cuerpo compulsivamente, especialmente las manos que movía como si fuese una mantis religiosa a punto de comerme. Yo pensé que había pisado el cable de los altavoces y una descarga de Bisbal le estaba atravesando el sistema nervioso. Así que por pura precaución me retire un poco.

Cuando terminaron los espasmos me acerqué otra vez, a preocuparme por su salud, y me encuentro con que la chica me mira como si YO fuese un marciano. ¿Qué esperaba? ¿Que me tirase al suelo en medio de una epifanía, moviendo brazos y piernas como un escarabajo panzarriba?
Aclarémonos: eres TÚ la que ha decidido autohumillarse en público, yo no te lo he pedido.

El caso es que ella, por si no había captado las sutilezas de su mensaje repitió “¿Qué pasa, nen?” con algo menos de entusiasmo y movimientos similares. Estaba por preguntarle si le había sentado mal la cena, pero opté por un neutro: “Perdona, no te entiendo.”. A lo que ella insistió: “el nen, hombre, el nen”.
Estaba dudando si esta mujer me confundía con un exorcista o simplemente no conocía más que esas cuatro palabras de castellano cuando pensé en otra posibilidad: “algo de la tele”.

Recuerdo cuando, de repente, bastaba dar un palmada y decir “eeeesso!” para que la gente se riera. ¿Qué conjuro mágico era aquel? ¿Se habrían alineado los planetas en la casa de acuario? La respuesta no estaba ahí fuera, sino en la tele.

Así que pregunté, intentando arreglar un poco la situación:
- ¿es algo de la tele? Es que yo no veo la tele.
- Sí hombre: el nen, ¿no conoces al nen?
Que yo pensé: ¿qué parte de “no veo la tele” no habrá entendido esta mujer? Solo son cuatro palabras.

Y es que ese es otro de los efectos curiosos de la televisión. Todo el mundo la critica, nadie la ve… pero todo el mundo conoce todos los programas y personajes… al parecer “no veo la tele” significa únicamente “solo veo la tele una hora al día”.
Espero que cuando digo “yo no me pongo la ropa interior de mi mujer” la gente no piense que “solo me la pongo para ir a trabajar”.

Así que me tocó explicar que aunque pareciese complejo, cuando yo decía que “no veo la tele” significaba que “no veo la tele”.
Una vez aclarado todo, la chica ya dejó de mirarme con cara de “eres un marciano”. Más bien me miraba con cara de “¡qué asco! ¿será contagioso?”.

El caso es que los dos hicimos como si los berreos de Bisbal, ya derivados en el sonido del ciervo en celo, nos hubiesen animado a bailar. Curiosamente el mejor modo de no estar con una chica es bailar con ella. Así en pocos compases la distancia de seguridad se amplió hasta casi el olvido.

Entonces me acordé del final de “El hombre de Alcatraz” cuando mientras trasladan al protagonista (Burt Lancaster) un periodista le pregunta:
- ¿es verdad que nunca ha visto la televisión?
- por lo que sé, tampoco me he perdido mucho

Ojo por ojo, diente por diente

Monday, November 14th, 2005

Contaba a una amiga que ayer jugando a baloncesto me hirieron un ojo, un simple arañazo, y ella me dijo “¿Y no le partiste la cara?”.
Está siempre de moda, pero ahora más que hace unos pocos años, el dicho de “Ojo por ojo, diente por diente”. Este dicho tiene su origen en el código babilónico de Hammurabi, del año 1792 antes de Cristo, y que tuvo gran influencia en el código Mosaico de la biblia.
Este código se encuentra tallado en una piedra de diorita (parecida al basalto) de unos 2,50 metros de altura y se puede ver en el Museo del Louvre. El código es un conjunto de normas y leyes que establece la jerarquía de la sociedad, los precios y salarios, el funcionamiento judicial y las penas según los delitos cometidos.
Las penas de los delitos se suelen regir por el “ojo por ojo”, así por ejemplo dice:
“Si una casa mal hecha causa la muerte de un hijo del dueño de la casa, la falta se paga con la muerte del hijo del constructor.” (Ley 230)
¿Nos parece bruto? ¿Incivilizado para día de hoy?

Ahora usan “ojo por ojo” quienes quieren pedir penas cada vez mayores. Él te ha arañado un ojo, pues tú pártele la cara.
Y sin embargo los babilonios solo pedían ojo por ojo, mientras que mi compañera pedía toda la cara por mi ojo.
Y es que el código de Hammurabi, la esencia del “ojo por ojo”, al contrario de como se utiliza hoy día, lo que hace es limitar las penas. No puedes matar a alguien porque te corte una mano, ni destrozarle la cara por que te haya destrozado un ojo. Si alguien te da un golpe no es justo que le des una paliza. Si una persona mata a otra no es justo matar a toda su familia.
Si los terroristas matan a miles de inocentes, no debemos matar nosotros a cientos de miles.
Hay que hacer justicia, pero si la pena es excesiva deja de ser justicia para ser únicamente venganza ciega.

¿Cuántas veces hay que invadir, bombardear o arrasar pueblos y países enteros por unos atentados?
¿Cuantos muertos reclamamos a cambio de los nuestros?

Quizá Hammurabi pasó a la historia porque hace casi 4.000 años ya era más civilizado que nosotros.

[Más sobre el código de Hammurabi en la Wikipedia.]

14 aniversario de Linux

Friday, October 7th, 2005

El 5 de octubre de 1991 publicó Linus Torvald en los grupos de Usenet:
¿Echas de menos los días de minix-1.1, cuando los hombres eran hombres y escribían sus propios controladores de dispositivos? ¿Estás sin ningún buen proyecto entre manos y tienes ganas de meterle mano a un sistema operativo que puedas modificar según tus necesidades? (?)

Como mencioné hace más o menos un mes estoy trabajando en una versión libre de algo parecido a minix para ordenadores AT-386. Ya estoy en la fase en que es usable (aunque puede no serlo, dependiendo de lo que quieras hacer) y voy a empezar a publicar el código fuente para que se distribuya más ampliamente. Actualmente está en la versión 0.02 +1 pequeño parche, pero he podido ejecutar correctamente bash/gcc/gnu-make/gnu-sed/compress entre otras cosas.

El código fuente de este pequeño proyecto doméstico está en nic.funet.fi
(128.214.6.100) en el directorio /pub/OS/Linux.

La máquina del tiempo

Tuesday, September 27th, 2005

Mañana volamos en avión desde La Paz a Cuzco.
Salimos a las 10.30 y llegamos a las 10.05.
Estos aviones son una maravilla.

El mar Titicaca

Monday, September 26th, 2005

Llegados a Puno, a orillas del lago Titicaca, la primera impresión decepciona un poco. No porque no sea bonito, sino porque teníamos mejores expectativas.
Aprovechamos para ver más ruinas incas y preincas -en Chucuito (de la calzuada) y Sillustani- y visitamos las curiosas islas de los Uros.
Estas son islas artificales hechas con totora, una planta parecida al junco o a la caña.
Todo allí está hecho con totora: las propias islas, los barcos, las casas, los bancos, los recuerdos para el turista…
Pero lo mejor vino al dejar Puno.

Salimos de Puno en dirección La Paz, Bolivia, haciendo escala en Copacabana, el primer pueblo de Bolivia, situada en una península en el mar Titicaca.
Aquí sí que disfrutamos de todo su esplendor.
Puno está en una Bahía casi cerrada, sucia, llena de totoras y Uros :-P
En Copacabana descubrimos el gran Titicaca, del que no se ve la otra orilla y tiene olas de más de un metro de alto.

De Copacabana cogemos una barca para ir a dormir a la isla del sol, que nos regala uno de los más bonitos atardeceres que se pueden ver.
Nuestra habitación está sobre una colina y tiene una ventana mirando al mar. El desayuno en la terraza es sencillamente memorable.

Un poco apenados dejamos Copacabana para dirigirnos a La Paz, desde donde escribo. De nuevo la primera impresión no es muy buena, pero paseando por el centro de la ciudad la cosa mejora. Mañana iremos a ver las ruinas de Tiahuanacu y, quizá, las salinas de Uyos.
En un par de días estaremos de nuevo en Cuzco para hacer el camino del Inca.
Deseadnos suerte.

Nota: Seguimos dejando fotos en el álbum.