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Archive for the ‘relatos’ Category

Visitando Cusco y Arequipa

Monday, September 26th, 2005

En realidad no os voy a contar ninguna historia. Básicamente porque cuando ya la estaba terminando de escribir -media hora llevaba- se ha ido la luz del cibercafé.
En resumen: hemos pasado por Cuzco, que es precioso, hemos visitado ruinas Incas a caballo, hemos reservado para el camino del Inca para pasados 10 días y hemos salido a Arequipa.
Tras ver el cañon del Colca en dos días y visitar Arequipa salimos hacia Puno, al lago Titicaca.

Nota: Hemos subido nuevas fotos al álbum.

Madrid-Lima

Friday, September 16th, 2005

Comienza nuestro viaje el Miércoles 14 de Septiembre de 2005 del calendario gregoriano. Llegamos a las 12.00 al aeropuerto de Barajas (Madrid) para descubrir que falta mi billete de vuelta. Las chicas que tienen que expedir mi billete consiguen retrasarme lo suficiente para que cuando vamos a facturar solo quede un asiento en la fila 33, la más ancha, la que me permite estirar las piernas.

El vuelo consta como adelantado 20 minutos, pero como todos los vuelos se retrasan, salimos a la hora prevista, a las 15.00.
Tras más de 11 horas en el avión llegamos a Lima en torno a las 19.40, las 2.40 en España. Rellenamos un impreso, recogemos las maletas, rellenamos otro impreso, nos toca revisión de maletas -por suerte solo con un scanner-, y por fin salimos del aeropuerto tras cambiar unos pocos dólares.
Nos espera un taxista del Hotel España, alojamiento curioso donde los haya.
La habitación es correcta y al lado descubrimos unas jaulas con papagayos, dormidos a estas horas.
Cenamos y Ana pide su primera Inca Kola. Es de color verde claro. Como un té.

Dormimos bastante bien hasta que los tres preciosos papagayos empiezan a repetirse ‘Hola’ unos a otros hasta la saciedad. Tampoco es culpa suya. Les habrán despertado los gallos que no paran de kirikicar :-P
Así que en torno a las 8.00 nos levantamos y comenzamos la visita del barrio viejo de Lima, ‘DownTown’. Con mucha tranquilidad y las convenientes paradas a tomar algo de picar y comprar cuatro detalles que nos faltaban -un reloj despertador, un canguro (riñonera), una faja y una sudadera- vamos visitando la Pza. de armas, la catedral, el mercado central, el barrio chino -donde comemos-, el museo de la Inquisición y el congreso… y terminamos con una excursión al cerro de San Cristobal.
También me he tomado mi primer mate de coca. Básicamente agua hirviendo con unas 10-11 hojas de coca más pequeñas de lo que me imaginaba. El mate está bueno. Las hojas, masticadas, me saben demasiado a verdura para gustarme.

Lo que más curioso me ha parecido ha sido el barrio chino. Es como un escenario de una película de chinos en medio de Lima. Tiene su puerta china de entrada al barrio, su bancos con pérgolas chinas… incluso el BBVA-Banco Continental tiene una entrada que parece el típico restaurante chino.
Además en el paseo, los hexágonos que componen el suelo tienen conmemoraciones y celebraciones de ciudadanos de Lima. Supongo que habrán pagado previamente. Así que es como un paseo de la fama con miles de placas pequeñas en las que aparecen todos los ciudadanos que quieren celebrar un nacimiento, una boda, un aniversario… Creo que es una idea a exportar.

En cuanto al dinero hemos descubierto que, al menos en Lima, los precios en Soles son solo un poquito más alto que en España los precios en Euros. Ejemplos: noche de hostal S/.45, café S/.2, menú de restaurante chino S/.8, desayuno S/.3.5
Así que enseguida sabemos cuando un producto es caro o nos quieren cobrar demasiado por un servicio.
La diferencia, claro está, es que un Euro cuesta S/.3.9.

Un último detalle, Lima está llena de manifestaciones, policias antidisturbios muy amables (al menos con nosotros) y esa mezcla de contaminación y niebla que llaman garua.

Mañana nos levantamos a las 4.00 para coger un avión a Cuzco a las 6.00.

Seguiremos informando :)

Nota: Vamos dejando las fotos correspondientes en el álbum.

Lógica gerencial

Friday, September 9th, 2005

Hace unos días detectamos un problema de seguridad en uno de nuestros sistemas. El problema era que con un poco de maña se podían obtener las claves de mucha gente.

El proveedor del sistema se defendió diciendo que no era tan fácil conseguirlas.
Nosotros decíamos que mientras no se arreglase siempre podrían conseguirse.

La pregunta de dirección: “¿como cuánta maña sería necesaria para conseguirlas?”
Respuesta: “Pues por ejemplo, cualquiera del departamento de informática está capacitado para hacerlo.”

Se organiza una reunión con los proveedores y un par de departamentos, entre ellos informática, para hablar del tema.
Comienza la reunión y dice el jefe:
“Tenemos un problema. Hay que hacer que los informáticos no sean administradores para evitar que puedan ver las claves.”

Lo que decía. Lógica gerencial.

Por cierto, un mínimo de justicia poética ha sucedido unos 20 minutos después de la reunión. El proveedor, quitando permisos de administrador ha dejado sin acceso al sistema a la gente -incluido el usuario que estaban utilizando- y, lógicamente, me han llamado para que lo solventase (cuestión de un minuto).

Asmodeo o La banca siempre gana

Monday, May 17th, 2004

Contribución de Feo
Hubo un tiempo, mucho antes de la Gran Guerra del Cielo y de la consiguiente caída, en el que en el Paraíso reinaba la Armonía.
Bueno, eso no es del todo exacto.
A pesar de que el Amor de Dios impregnaba todo cuanto existía, los Ángeles, como seres inteligentes que son, tenían diferentes puntos de vista. Y eso, por supuesto, originaba fricciones. No obstante, aquellos no eran más que eso, meros roces.

Como en todas las sociedades, se había establecido una Jerarquía aunque, como era Dios quien la había establecido, nadie se quejaba del lugar que le correspondía en el Plan Divino. Así pues, cuando aparecía una necesidad, algo que tenía que ser hecho, Dios daba forma a Sus pensamientos y un nuevo Ángel era creado para satisfacer dicha necesidad.
Asmodeo fue uno de los últimos Ángeles en ser incorporados a la Creación, y su función era notablemente importante.
Por aquel entonces, prácticamente todas las esferas de influencia estaban dirigidas por algún otro Ángel y, por si fuera poco, cada uno de ellos se encargaba de su cometido con notable eficiencia. Pero, con el transcurrir de los siglos, los Ángeles optimizaron su esfuerzo hasta tal punto que necesitaban muy poco tiempo para mantener en funcionamiento y en perfecto estado operativo la Máquina de la Creación. Y, por tanto, cuando empezaron a tener tiempo libre, los Ángeles comenzaron a aburrirse. A fin de cuentas, Dios los había creado eficientes pero con muy poca imaginación.
El proverbio ?Las manos ociosas son las manos del Diablo? aún no tenía mucho sentido, pero a Dios no le agradaba mucho ver a sus Hijos mirándose el ombligo tras una corta jornada de trabajo. No es que no apreciara sus esfuerzos, ni que le desagradara ver a sus Vástagos disfrutar de un merecido descanso.
Simplemente, no le satisfacía ver sus caras aburridas. Así que, en un arranque de inspiración, Dios se puso, de nuevo, manos a la obra y, de la fuente inagotable de Sus pensamientos, engendró a Asmodeo y le explicó cual sería su tarea.
Y Asmodeo, satisfecho y agradecido con el Creador, se puso manos a la obra.

Los milenios habían pasado apacible y serenamente. Las cosas en el Cielo transcurrían perfectamente, como debía ser, y en el vasto Universo, los planetas se habían enfriado lo suficiente como para albergar vida en ellos.
De hecho, como si de un Jardinero maniático y presa de un ataque de nervios se tratara, Dios se paseaba por todos y cada uno de ellos, escogiendo algunos de ellos al azar y plantando en ellos las semillas de la vida. La tarea no le llevó mucho tiempo, ya que ya estaba en todos y cada uno de ellos (ventajas de la Omnipresencia, acelera un poco las cosas).
Pero en fin, volvamos al Paraíso.
Tal y como se ha dicho unas líneas más arriba, todo iba perfectamente.
Desde el instante posterior a su nacimiento, Asmodeo, el más imaginativo de todos los Ángeles, había enseñado a sus hermanos centenares de juegos para que estos pudieran disfrutar de su tiempo libre. Tal era su entusiasmo que, prácticamente, había diseñado un juego para cada uno de los demás Ángeles.
Así pues, para gente como Lauren y Mikel, había ideado un juego que consistía en alcanzarse el uno al otro en determinadas partes del cuerpo, ya fuera con su propio cuerpo o con las herramientas que ellos mismos conjuraran. Así nació el Arte de la Guerra.
En el caso de personajes de naturaleza más tranquila y reflexiva, como Dadá o Novalis, el juego consistía en inventar una serie de razonamientos y proposiciones lógicas que cada uno de los participantes tenía que defender a la par que intentaba hacer caer a su oponente en un error. Así nació el Arte de la Oratoria y la Política.
Y así sucesivamente.
Lo mejor de todo consistía es que Asmodeo se limitaba únicamente a sugerir a los participantes de sus juegos sólo unas pocas reglas básicas, y cuando éstos añadían o suprimían algunas de ellas, Asmodeo sentía un profundo orgullo y una gran satisfacción, ya que ello indicaba que los jugadores se tomaban en serio sus juegos y cada vez ponían más interés en ellos.
Y claro, Dios se sentía satisfecho con su labor. Es decir, con él.
Pero ……
Sí, es cierto, siempre hay un pero. Es como si Dios hubiera creado Su Propio Juego y, sin explicar las reglas, nos hubiera puesto en el Tablero y comenzado a tirar dados.
Extraoficialmente: se trataba precisamente de eso. Y además, hacía trampas. Muchas.
Bueno, sigamos.
Pero Asmodeo se había dado cuenta de una cosa. A la hora de crear sus juegos, lo había hecho de acuerdo con la naturaleza intrínseca de los futuros participantes,
Así pues, si bien la mayoría de los Ángeles se entretenían con juegos en los que la mayor complicación era una simple repetición de las leyes del azar, había otros Ángeles cuya mente había requerido un gran esfuerzo. Ángeles cuyo juego había sido como un ajedrez de seiscientas casillas de lado y más de mil piezas en cada bando.
El problema era que él mismo ya sabía jugar a todos y cada uno de los juegos que inventaba y ninguno era demasiado complejo, en realidad. Entonces, si los ángeles que ocupaban posiciones importantes en la Jerarquía precisaban de juegos cada vez más complejos, y él, el creador de juegos, no tardaba en derrotar a aquellos Ángeles en los juegos que había creado para ellos, ¿eso no significaba que, en cierta forma, Asmodeo era superior a todos los demás Ángeles?
Esto era algo que preocupaba seriamente a Asmodeo. Él jugaba con los demás el tiempo suficiente para que ellos aprendieran las reglas y se desenvolvieran en el juego. Pero como siempre ganaba, jugaba con ellos sólo lo estrictamente necesario, no fuera que terminaran por aborrecer el juego.
De todas formas, aquello no era del todo exacto. No ganaba siempre. Habían unos cuantos que aprendían rápidamente. Tipos como Yves, Kronos o Lucero, que enseguida captaban el espíritu del juego y con los que realmente valía la pena jugar ya que, con ellos, existía una seria posibilidad de perder.
Y, ¡cómo no!, también estaba Jesús, aquel niñato vago y apestoso que, en cuanto podía, consultaba con el Jefe qué tenía que hacer y, por tanto, siempre ganaba. Era al único que no aguantaba en toda la inmensidad del Cielo.
Así pues, Asmodeo estaba muy preocupado. No quería ser superior a los demás Ángeles. No quería ganar siempre. Sólo quería jugar. Y las tres únicas personas con las que podía hacerlo a gusto estaban demasiado ocupadas.
Yves era el más ocupado de todos. Siempre estaba yendo de aquí para allá, supervisando esto o aquello, comprobando que los engranajes estuvieran siempre bien engrasados. La última vez que el pobre Yves y él se habían echado una partida había sido cuatrocientos años atrás. Y, además, no habían podido terminar la partida porque el entrometido de Jesús había aparecido de improviso y había empezado a taladrar.
¡Y Kronos! Lo mejor de él era que no le importaba perder en absoluto, aunque no lo hiciera con demasiada frecuencia. Las partidas con él eran tranquilas y sosegadas, y siempre duraban mucho tiempo. Asmodeo le preguntaba cómo se las apañaba para estar tanto tiempo seguido jugando y, además, cumplir con sus obligaciones. Kronos respondía que estaba muy bien organizado y que, de todas formas, el Tiempo no era tan importante. Su carácter tranquilo y humilde era lo que más le gustaba de él. ¡Y además era tan inteligente! Casi siempre se anticipaba a sus jugadas, obligándole a improvisar continuamente. No obstante, también estaba terriblemente ocupado.
Pero Lucero era sin duda el mejor de sus contrincantes. Lucero era, simplemente, el mejor. Era inteligente y rápido de pensamiento, con una memoria y un talento natural para la estrategia realmente sorprendente. Con Lucero había jugado algunas de las partidas más interesantes y emocionantes de toda su existencia. Y además, amaba el Juego casi tanto como el propio Asmodeo. Una vez estuvieron jugando durante tanto tiempo que el mismo Creador, intrigado, se pasó un momento por allí. Ambos se habían sentido extremadamente halagados. Por desgracia, Lucero estaba ahora embelesado por unas nuevas criaturas que Dios había creado en un insignificante planeta de color azul.
¡Una verdadera lástima! Había creado y probado tantos juegos con y para él.
Aún así, Asmodeo continuaba con su trabajo, ideando nuevos pasatiempos casi a cada hora. No obstante, cada vez estaba un poquito más triste, un poquito más aburrido.

Los milenios siguieron pasando y los Ángeles seguían cumpliendo con su labor.
Últimamente, en los dos siglos anteriores, la presencia de Dios era cada vez más rara. Se rumoreaba que estaba encerrado en Su despacho, fraguando Su siguiente paso en Su Obra. No obstante, nadie estaba preocupado. Era bien sabido que Dios estaba en todas partes y, además, las carcajadas ocasionales que solían oírse tras Su puerta indicaban que todo iba bien. Tal y como Él quería.
Una tarde en la que Asmodeo se encontraba particularmente desdichado, la voz de Dios entró como un suave susurro en su mente.
-Asmodeo, hijo Mío, requiero tu presencia. Tengo una sorpresa para ti.
El aludido pegó un bote asombrado y, lleno de júbilo, se puso en marcha.
¡Claro! ¿Cómo he podido ser tan estúpido? ¡Debí haber ido a Su presencia hace mucho tiempo, para explicarle mi abatimiento!
Y tarareando una melodía que Morax le había enseñado ocho mil años atrás, Asmodeo llamó a Su puerta.
-Entra hijo Mío ?respondió Dios desde el interior.
Y Asmodeo se encontró ante Él. Hacía mucho tiempo desde la última vez que había estado ante Su presencia pero, por supuesto, no le había olvidado.
Como siempre, una oleada de Amor recorrió su cuerpo. Sin ser consciente de ello, Asmodeo se tumbó en el suelo, boca abajo, en señal de respeto.
Dios sonrió indulgente (siempre lo hacía) y con un gesto le indicó que se alzara.
Asmodeo obedeció y no pudo evitar echar un vistazo a su alrededor. Pocas veces alguien podía ver el lugar donde Dios fraguaba sus planes y, como todos ellos, Asmodeo vio muchas cosas, pero no comprendió ninguna.
Ante él, en la mesa de trabajo, se extendía un enorme laberinto de proporciones épicas y de una belleza tal que le sobrecogió en lo más hondo de su ser.
Abrió la boca para hablar pero Dios, sonriendo, se le adelantó:
-Lo que ves, amado hijo, es la totalidad de la Creación. Este punto ?señaló el centro del laberinto-, es el instante en que Todo empezó. Este otro ?señaló una de las miles de salidas-, es el futuro más lejano que he construido hasta ahora.
Asmodeo, anonadado, consiguió mover los labios un par de fracciones de nanómetros. Ante sus ojos, el laberinto empezó a brillar en distintos colores, cada uno perfecto y brillante, tan parecidos los unos a los otros como distintos en sus sutiles diferencias.
Aquello era impresionante. Realmente, no había palabras para describirlo pero, para que nos hagamos una idea, era HERMOSO.
-Cuéntame qué te pasa, hijo Mío. ¿Porqué eres desdichado?
El Ángel empezó a hablar de sus dudas y sus inquietudes mientras Dios asentía, sin dejar de sonreír, como si escuchara una historia que ya conociera de tiempo atrás.
-Hijo Mío- prosiguió Dios en cuanto Asmodeo hubo terminado-, no has de preocuparte por nada. Desde el momento de tu creación has sido especial, porque Yo te hice así. Porque Yo te imaginé así. Todos estos años has cumplido perfectamente con la función que te encomendé. Y ahora, por fin, estás preparado para dar el paso siguiente. Has de saber que tu misión consiste en la creación de un Juego, el mayor y más colosal que jamás hayas imaginado. Y debes hacerlo rápido, pues queda poco tiempo.
-Sí, Padre ?contestó Asmodeo presa de una súbita preocupación.
El destino de la Creación, aquel laberinto tan maravilloso y espectacular, estaba en sus manos. Realmente, se sentía muy pequeño en aquellos instantes. ¡Y pensar que se había creído el más importante de Sus hijos!
-¿Algún consejo? ¿Alguna guía antes de comenzar? ?Empezó a decir , pero se dio cuenta de que ya no estaba en Su despacho.

Asmodeo se paseaba nerviosamente por la zona del Cielo que consideraba como sus estancias.
Habían pasado sólo dos horas y estaba desesperado. Peor que eso: estaba en blanco. ¡Él, que había creado tantos y tantos juegos! ¡No se le ocurría nada!
Así que deambulaba frenéticamente arriba y abajo, como un adolescente al que se le ha castigado injustamente a quedarse en casa un sábado por la noche.
Tan absorto estaba que no cayó en la cuenta de que Lucero había llegado. Pasado un rato, éste carraspeó educadamente para llamar su atención.
-Ah, Lucero. Perdona, no te había visto.
-Asmodeo, ¿tienes un momento?
Iba a responder que no, que estaba muy ocupado y que tenía muchas cosas que hacer, pero refrenó sus palabras. De todos los Ángeles del Cielo, Lucero era a quien profesaba más afecto. ¡Y parecía tan afligido! Quizás debería escuchar sus problemas. Y quizás él le proporcionara alguna ayuda. A fin de cuentas, Lucero había demostrado ser casi tan bueno como él inventando juegos.
-Díme Lucero, ¿en qué puedo ayudarte?
-Verás, viejo amigo. ¡Estoy tan preocupado!
-¿Y eso? ¿Qué es lo que te aflige?
-¿Has estado en ese planeta nuevo? ¿Ése en el que han sido creados los hombres? ?preguntó Lucero a su vez.
-No. La verdad, no sé qué pueden tener de interesantes.
-Eso es porque nunca has ido a verlos. Son ….. son …..
Asmodeo contempló a su amigo. Desde que lo conocía no recordaba ni una sola vez en que Lucero se hubiera quedado sin palabras.
-Son …. son tan ….. ¡dinámicos! ?explotó Lucero por fin-. ¡Tendrías que verlos! Siempre están de aquí para allá, explorándolo todo, tocándolo todo ?Lucero estaba exultante, pletórico como pocas veces lo había visto Asmodeo-. ¡Y son tan hermosos! ?continuó-. Realmente, son Sus elegidos. ¡Tienen tanto potencial!
-¿Y eso te preocupa, Lucero? ?consiguió intercalar.
-No, verás ?y su voz se tiñó de tristeza-. Es que son tan frágiles. Necesitan comer y descansar casi continuamente. No soportan bien ni el frío ni el calor. El otro día observé a uno de ellos desde lejos. Estaba en una montaña, contemplando maravillado el paisaje que se extendía ante él cuando, de repente, resbaló y cayó al suelo. Esperé cinco minutos a ver si se levantaba de nuevo, pero permanecía tumbado en el suelo, sobre la roca y la hierba. Finalmente, intrigado, me acerqué a él. ¡Ojalá no lo hubiera hecho! Una mancha, roja y enorme, se extendía sobre la roca, y en su cabeza había una gran grieta. Enseguida comprendí que estaba ….. que estaba muerto. ¡Muerto!
Y, acto seguido, dejando aún más sorprendido al anfitrión, se echó a llorar. Poco a poco Lucero se calmó y continuó hablando.
-El caso es que, desde entonces, he estado pensando en cómo solucionar ese problema. Su corta vida. ¿Tienes alguna idea?
Asmodeo empezó a meditar sobre el asunto, pero sus propias preocupaciones le impidieron llegar muy lejos en sus razonamientos.
-Mira, no ?respondió al fin. Y entonces se le ocurrió-. Pero tal vez a Él sí. ¿Por qué no pides una cita para hablar con Padre?
-Bueno, no sé. Ya sabes que siempre está muy ocupado. Tardará varios años en encontrar un hueco para mí.
-Mejor que mejor ?respondió Asmodeo con una enorme sonrisa-. Posiblemente, para entonces quizás ya hayas encontrado una respuesta a tus preguntas. Y seguro que Él les da el visto bueno.
-¿Seguro?
-Me apuesto lo que quieras a que sí.
Y, mientras Lucero se iba a concertar una cita con el Creador, Asmodeo continuó pensando en su problema.

Pasaron veinticinco años y las cosas cambiaron en el Cielo. Y, como suele suceder, un cambio en el Paraíso es el primer paso hacia el Infierno.
Allá abajo, sin embargo, las cosas seguían bastante iguales. Los hombres seguían muriendo pero, poco a poco, se iban extendiendo más y más por la superficie de su planeta.
Asmodeo seguía sin poder concebir ningún juego que estuviera a la altura de las expectativas que Dios había puesto sobre él. Así pues, su carácter empezó a volverse un tanto huraño y, en cuanto se daba cuenta de ello, lo remediaba volviendo a su antiguo comportamiento, extrovertido y jovial.
Si por aquel entonces hubiera habido psicólogos y Asmodeo hubiera sido humano, el diagnóstico hubiese sido: ?Leve alteración nerviosa. Principio de esquizofrenia?.
Excepto por los días en los que volvía a ser el de siempre, Asmodeo empezó a ser rehuido por algunos de los Ángeles más sensibles. Por supuesto, aquello le hubiera llegado a importar si hubiera llegado a darse cuenta. Pero estaba demasiado ocupado.
Lucero fue el único que se molestaba en visitarle periódicamente, aproximadamente una vez al mes. En sus visitas le hablaba de los progresos de los humanos, de las ideas que se le ocurrían y de la inminente reunión con Dios. Asmodeo creía recordar que la última vez que se vieron Lucero había dicho que creía haber dado con la solución:
-¡Sólo tenemos que procrear con ellos! Los descendientes atesorarían las mejores cualidades de los progenitores. De su parte humana conservarían su imaginación e inventiva, muy por encima de los estándares angelicales. Y de nuestra parte heredarían nuestra longevidad y resistencia. ¡Es la mejor solución! ¡La única! ?Exclamó Lucero.
Asmodeo, hastiado de escuchar a su amigo una y otra vez, decidió que sería buena idea deshacerse de él.
-Escucha ?contestó-. Aún faltan unos cuantos años para la audiencia con Dios. ¿Porqué no le comentas tu idea unos cuantos más, a ver qué les parece? Y, si sois muchos quienes apoyáis la idea, seguramente eso, y no otra cosa, convencerá a Dios de su validez.
-¿Tú crees?
-Seguro que sí. Te apuesto lo que quieras. Y ya sabes que nunca pierdo.
Y, brincando de alegría, Lucero se fue pegando saltos de alegría, a contar su idea a los demás Ángeles.
En el lapso de cuatro años la idea se extendió por el Cielo con relativa lentitud y, aunque había muchos que coincidieron con él, también es verdad que no pocos no creyeron en ella.
Sin embargo, todos, sin excepción, acababan diciendo:
-Bueno, será lo que Él quiera.
Y mientras tanto, Asmodeo cavilaba y cavilaba, muchos Ángeles se acercaron a él y le preguntaron acerca de la idea que había tenido Lucero, pues todos sabían que los dos eran grandes amigos.
Y Asmodeo respondía a sus preguntas con impaciencia, y sus respuestas variaban según el humor que tuviera aquel día. Si estaba contento la idea le parecía buena, casi digna de Él. Pero si estaba malhumorado o deprimido la idea le parecía mala y contestaba que Él jamás daría su aprobación.
Y, según hablaban con él, los Ángeles contemplaban con buenos o malos ojos la idea, llegando en ocasiones a cambiar de opinión.
Pero Asmodeo no podía perder el tiempo con tonterías, y volvía a enfrascarse en sus pensamientos.
Finalmente, en el trigésimo tercer aniversario de la tarde en la que Dios le había encargado Su Juego, Asmodeo sintió un gran hormigueo en su interior. La semilla de una idea había germinado en su mente.
Inmensamente contento, recorrió el Firmamento en busca de alguien con quien celebrarlo. Pero no encontró a nadie.
El pasmo duró tan solo unos segundos, hasta que recordó que aquella tarde, precisamente aquella tarde, Dios iba a conceder audiencia a Lucero. Y como la idea había creado una gran expectación en el Cielo, todos los Ángeles, tanto aquellos que la apoyaban como los que se oponían a ella, estarían presentes.
Realmente, pensó, aquella era una curiosa coincidencia.
Y justo cuando pensó aquella última palabra, un Pensamiento, con la fuerza de un trillón de Bombas de Hidrógeno, se dejó oír en todas y cada una de las mentes del Cielo:
-¡NO! ? respondió Dios a la petición de Lucero.
Y curiosamente, aunque su negativa era tajante, no parecía particularmente enojado.

Satanás, el anteriormente llamado Lucero, se materializó delante de Asmodeo.
-Vamos. Tenemos una guerra que librar.
Asmodeo, conocedor del nuevo carácter de su amigo, sólo lo intentó una vez.
-¿Seguro que no puedes dejarlo correr? Recuerda quien es Él, y que Él sabe lo que es mejor.
-Bien. Eso ya lo veremos ?Y echó a andar.
Con un titubeo, Asmodeo empezó a seguir a su amigo. No había dado dos pasos cuando, suave como el aleteo de una mariposa, la voz de Dios se deslizó en su mente.
-Has hecho un buen trabajo, Asmodeo. Has creado un Juego digno de Mí ?y, tras una pausa, añadió: -¿Sabes? No tienes por qué luchar a su lado.
-Lo siento, Jefe ?contestó mentalmente con el respeto que siempre le había profesado-, pero una apuesta es una apuesta.
Y Asmodeo echó a andar detrás de su amigo.
Y Dios, repantigado en Su sillón, contemplando el laberinto de Su Propia Creación, sonrió como si escuchara una divertida historia que ya conocía desde hacía mucho tiempo atrás.
Y, silenciosamente, procurando que ningún Ángel le oyera, se echó a reír.

Segmento

Monday, May 3rd, 2004

Contribución de Anónimo
La vida como viaje continuo: introspección

? y fluyes con ella;
ya no te defiendes;
a pequeños saltos,
ellas van apareciendo,
en la superficie;
sabes de dónde vienen,
y por qué están ahí,
desde eternidades que desconoces,
sabes que siempre estuvieron ahí.

Partes,
Y es el viaje lo que te individualiza,
concreta,
personaliza.
Gritarás en vano,
porque nadie tiene tus respuestas;
seguirás otras huellas,
presencias te acompañarán a trechos,
mas al fin, solo, proseguirás la jornada.

Y ahora,
sí, te enfrentarás a ellas,
con la sabiduría de tus grandes,
y tus pequeños momentos.

Entablarás diálogos,
hallarás algunas respuestas:
mentiras como templos,
verdades como hormigas
en constante búsqueda de alimentno.

Todo es mascarada,
pero vives inténsamente tu papel,
porque no se te dará otro:
te quieros de pegatina,
para cuándo el tatuaje del amor;

sueños de Dios y la creación,
pesadillas de demonios
de conocido humano rostro;

espirales de angustia,
paralelas de miedo,
círculos de duda;

explosiones de alegría,
pantanosa tristeza,
tiempo de respirar tierra mojada, musgo,
roces de esperanza;

todo lo que está de más:
la muerte cerrando la puerta a tu espalda;

todo lo que falta:
el mismo impulso entreabre
el umbral que habrás de cruzar.

Y el viaje prosigue,
en realidad nunca se detuvo,
oyes su nueva llamada,

Y partes
como una lanza
atravesando capas de silencio?

Javier Ballester

Ambientado en el tema ?Neuköln? del álbum ?Heroes? de David Bowie

Una tranquila noche de verano

Monday, May 3rd, 2004

Contribución de Feo
“Algún día encontraré una mujer que me compendra .Ese día me enamoraré y os podréis burlar de mí a vuestras anchas.”
-Aristuto de la Sierra Pelada del Monte.

Era una noche de verano.Las estrellas brillaban con fuerza en el firmamento y la luna llena lo contemplaba todo con su habitual indiferencia.Las aves nocturnas iban en busca de sus presas y las luciérnagas refulgían intentando atraer a sus compañeros de cópula.
En resumen.Era una noche tranquila.

Pedro conducía su coche con la seguridad que sólo poseen los conductores veteranos que han recorrido un camino cientos de veces.Circulaba despacio por una carretera secundaria que había de llevar a los ocupantes del vehículo hasta los restos de una urbanización que, antaño, había estado repleta de casas.Ahora, tras la depresión económica, sólo quedaban en pie unos pocos chalets, de los cuales, sólo el de Pedro, recibía alguna ocasional visita de su dueño.
La razón de que circulara despacio, o de que llevara la cinta de Braveheart tan baja, no era la de admirar el paisaje, el cual lo conocía casi de memoria, sino que quería evitar a toda costa coger algún bache que pudiera ocasionar un zarandeo del coche que tuviera como consecuencia el que su copiloto despertara.La ocupante de dicho asiento era una belleza pelirroja que dormía plácidamente con la cabeza apoyada en la ventanilla.
Pedro se la quedó mirando con ternura.Sus ojos brillaban y, sin darse cuenta, empezó a rememorar un tiempo en el que todo había sido posible.Un tiempo en el que el cielo no era gris, en el que no habían tormentas, en el que, por una vez en su vida, había sido feliz.Y no es que la chica se pareciera físicamente a aquella otra, a aquella dulce y amada persona que había llegado a conocerle casi mejor que él mismo.La chica también se parecía mucho en su forma de ser.También era alegre, generosa y un poco tímida.
Las lágrimas brotaron de los ojos de Pedro cuando empezó a pensar en aquella otra.En Silvia.En sus ojos azul claro.En sus mejillas siempre levemente sonrojadas.En aquel carácter tranquilo que sin prisa, pero sin pausa, sabía sacar lo mejor de él.
Enjugándose las lágrimas con un pañuelo de tela azul, Pedro prosiguió su camino hasta la casa donde tantos buenos ratos había pasado de niño y de no tan niño.
Veinte minutos más tarde, el turismo llegaba a su destino: una pequeña casa que alguna vez había debido ser bonita y agradable a la vista, pero que ahora estaba cubierta de enredaderas y suciedad.En el jardín que antes había estado repleto de rosas y claveles sólo vivían ahora las malas hierbas.
El coche se paró a unos cinco metros de la puerta.Pedro bajó de él y se acercó a la puerta de entrada mientras buscaba en sus bolsillos la llave que le franquearía la entrada.una vez abierta la puerta, entró en la casa y, después de soltar una maldición tras golpearse en la rodilla son un polvoriento y viejo mueble, la luz de lo que debía ser un comedor se encendió.
Acto seguido, Pedro volvió al coche, abrió la puerta del copiloto, le quito el cinturón de seguridad a la pelirroja y se la cargó a los brazos.La chica se quejó en sueños, pero no se despertó, y Pedro, poco acostumbrado a cargar con mujeres, se acercó tambaleándose hasta el interior de la casa.Tres minutos después, y tras más maldiciones tras chocar de nuevo con el mueble, Pedro salía otra vez de la casa.Se dirigió al coche, se aseguró de cerrarlo bien y volvió a entrar de nuevo.

En el interior de la casa, más concretamente, en uno de los tres dormitorios, Pedro no dejaba de dar vueltas y de beber de un vaso bajo y ancho repleto de bourbon.De vez en cuando se sentaba en la cama que no estaba ocupada por la pelirroja y se la quedaba mirando con los ojos ansiosos de aquel que se muere de ganas por contar algo que sólo él sabe.
La chica, que se llamaba Juana, para más señas, dormitaba en la ancha cama de matrimonio que dominaba la habitación con su escandaloso espacio.De vez en cuando, la chica se revolvía inquieta, como si un tuviera una pesadilla o recordara alguna mala experiencia.Era entonces cuando Pedro se le acercaba con aire preocupado y le susurraba tiernas palabras de consuelo al oído.El resultado era casi inmediato.Juana se calmaba enseguida y, entonces, Pedro podía volver a lo que estaba haciendo.
Y lo que estaba haciendo no era otra cosa que volverse loco.La espera le estaba matando.Pero aún así, no se atrevía a despertarla.Prefería sufrir en silencio y observarla mientras dormía.Prefería tener los nervios destrozados a turbar el descanso de la joven.
Ya habría tiempo para hablar, pensaba.Ya habría tiempo para hablar en cuanto se despertara.
Y mientras tanto, esperaba.Y esperaba.Impacientemente, nerviosamente.Pero esperaba.Y mientras lo hacía, encendía un cigarrillo tras otro, a sabiendas de que, como ella también fumaba, el humo no la molestaría.
Tras una hora de espera, Pedro ya no podía resistir más.Así que se acercó a la cabecera del lecho y empezó a susurrarle al oído.Al principio, lo dijo en un volumen tan bajo que ni siquiera Juana le habría oído.Y es que las dos primeras palabras que surgieron de sus labios fueron las más difíciles de pronunciar.
-Te quiero.-Dijo con voz entrecortada.
Pedro tardó en volver a hablar, pero cuando lo hizo, su nerviosismo se había ido.Como si el pronunciar aquellas dos palabras le hubiera descargado de un peso que ya no pudiera soportar más.Más animado, Pedro las repitió, ahora aumentando la voz hasta convertirla en un susurro.
-Te quiero.-Repitió.
Pedro se apartó de ella y sonrió.Había sido difícil.Aún considerando el hecho de que Juana estaba dormida y de que muy probablemente no le habría oído, le había costado mucho decírselo.Pero ahora sabía que, una vez despierta, la confesión de su amor no le costaría nada.Ahora sabía que cuando despertara tendría las fuerzas necesarias para mirarla directamente a los ojos y decírselo claramente, sin titubeos.
No obstante, Pedro aún estaba nervioso.Así que decidió empezar el discurso que le tenía reservado.Así luego sería aún más fácil, pensó.
-Te quiero.-Empezó de nuevo.-Te quiero desde el primer día en que te vi.Lo recuerdo muy bién.Era una tarde de otoño, a mediados de curso.Estabas en el bar, sentada sola, delante de un libro.”El Perfume”, si no recuerdo mal.Cualquiera hubiera supuesto que leías, pero sólo yo me di cuenta de que te limitabas a pasar las hojas cada cierto tiempo, simulando leer, para tener un poco de intimidad.
Pedro se apartó de la cama y empezó a dar vueltas alrededor de la misma.
-Recuerdo tus ojos.Estaban tristes, llorosos.Más adelante me enteré de que aquella tarde habías roto con tu novio de toda la vida.No sabes lo mucho que me extraño que tú hubieras tenido un desengaño.Seguramente aquel gilipollas no sabía lo valiosa que eras, o bién sí lo sabía, y se asustó cuando supo que nunca estaría a tu altura.Da igual.Lo que realmente me atrajo de ti es que tú también habías sufrido como yo.Que tú también habías experimentado el dolor de perder a alguién muy cercano y querido.
Llegado a este punto de su monólogo, Pedro tuvo que callar durante unos segundos.Su voz se había quebrado, como estrangulada.La imagen de Silvia había aparecido en su cabeza con tanta fuerza que, por un momento, había olvidado dónde estaba.
Pedro sacudió la cabeza y continuó hablando.
-No te puedes imaginar la alegría que me diste cuando continuaste viniendo por el bar. Recuerdo que esperaba ansioso que llegara la hora en que acabaran las clases para verte entrar por la puerta y dirigirte a tu rincón, a tu mesa.¿Sabes?, el placer que sentía cuando te veía borraba los celos que sentía de los chicos que te acompañaban.Esos imbéciles que lo único que pretendían era metérsete entre las piernas.No te imaginas lo mucho que me enfurecía cuando los veía rondar cerca tuyo y bromear falsamente contigo, mirarte el culo y las piernas cuando no les mirabas.No sabes lo cerca que estuvieron de que les buscara y les partiera la boca a puñetazos.
Ahora Pedro subía y bajaba la voz sin darse cuenta.La furia lo invadía y, sin darse cuenta, asestó un puñetazo a una de las paredes.El blanco estucado se hundió, dejando la marca de sus nudillos, la piel se le abrió, y un pequeño hilillo de sangre se deslizo por el dorso de su mano.El golpe había sido fuerte, tanto que Juana se removió en sus sueños, a punto de despertarse.
No obstante, Pedro no se dió cuenta y siguió hablando.
-Pero no, no te asustes.Sabes que yo nunca sería capaz de algo así.Por mucho que me sacaran de mis casillas, eran amigos tuyos, y nunca se me ocurriría hacerle nada a nadie que estuviera en tu estima.Por muy gilipollas que fuera.
Pedro se calmó y, como Juana estaba todavía descansando, salió de la habitación y se dirigió a la cocina.Una vez allí, sacó un vaso de uno de los estantes y, tras limpiarlo con un pañuelo de papel, lo lleno de agua del grifo.Después, se lo bebió y se refrescó un poco, lavándose la cara con el agua helada.Después volvió a la habitación y se sentó a un lado de Juana, con su cara al alcance de la mano.
Un tiempo indeterminado después, tal vez cincuenta minutos, un movimiento al lado suyo le saco de su amodorramiento.Era Juana, que se estaba despertando.Pedro se levantó rápidamente y se puso de pie, frente a ella.
-Ah, veo que al fín despiertas.Ya era hora dormilona.-Dijo con el tono que emplearía un padre al dirigirse a su hija que acaba de salir de un profundo sueño.
Juana no dijo nada.Se limitó a mirarle fijamente, desorientada.
-No.No te asustes.Estamos en mi casa.¿Recuerdas?¿Te acuerdas que en la fiesta algo te sentó mal y me pediste que te trajera a casa?Pues bién, ya estamos en casa.Y ya es hora de que te diga lo que siempre había deseado decirte desde el día en que nos conocimos: Te quiero.Y a partir de ahora no nos separaremos nunca más.Viviremos juntos y tendremos muchos hijos.
Pedro estaba exultante de felicidad.No obstante se dió cuenta de que la chica no parecía apreciar sus planes con mucho entusiasmo, así que le dijo:
-No pareces muy contenta….-dijo el sin entusiasmo, algo triste.
-…..
-¿Cómo? No te entiendo.Espera un momento que te quite eso de la boca.
Pedro se acercó a ella y, suavemente, le quitó la mordaza que le obstruía la boca y le impedía hablar.
-¿Quién coño eres tú?-dijo ella chillando-¿Y donde coño estamos?
-¿Qué?-respondió sorprendido-Soy yo, Pedro.
-¿Dónde mierda estamos, hijoputa?-Siguió ella ajeno a las palabras de Pedro.-Te advierto de que como no me desates ahora mismo y me dejes marchar me las vas a pagar muy caras, cabrón.
Pedro retrocedió asustado.¿Cómo podía haber pasado aquello?Evidentemente la chica se había vuelto loca.
Pedro sacudió la cabeza y escuchó, anonadado, las amenazas y los insultos de Juana.Algo había ido mal, pensaba, muy mal.Desde luego, aquella no era la chica de la que se había enamorado.
Tropezó con la pared y entonces se fijó en la pala que descansaba unos metros a su derecha.Casi sin pensar, agarró la pala por el mango y se acercó a la cama, con la mirada perdida.
-¿Qué vas a hacer con esa pala?-Chilló Juana presa del terror-¿Qué vas a hacer?
No dijo nada más.

En el jardín de una casa ruinosa, un hombre, destrozado por haber perdido de nuevo el amor de su vida, cavaba sin descanso una pequeña fosa.Cuando hubo terminado de cavar, deposito un bulto envuelto en una sábana blanca que tenía unas cuantas manchas rojo carmesí. Después, rellenó el agujero y se quedó pensativo unos instantes.Luego esbozó una tímida sonrisa.Sí, se había equivocado.Pero sabía que, en alguna parte, en algún lugar, una chica, LA chica, le estaba esperando.Y sabía que la encontraría ya que, por su parte, él no iba a dejar de buscarla.
El hombre dejó caer la pala al suelo y contempló la sierra con mirada ansiosa.
Era una noche de verano.Las estrellas brillaban con fuerza en el firmamento y la luna llena lo contemplaba todo con su habitual indiferencia.Las aves nocturnas iban en busca de sus presas y las luciérnagas refulgían intentando atraer a sus compañeros de cópula.
En resumen. Era una noche tranquila.

Insomnio

Monday, May 3rd, 2004

Contribución de Anónimo
Pesadillas pobladas de imágenes, me llevan a insomnios poblados de palabras.
Una coctelera de explosivos en peligro de extinción.
Un mísero país que no quiere fronteras que lo limiten.
Payaso de mandíbula desencajada en acrobática mueca arriesgada.
Tengo de mujer lo que me sobra de ser hombre.
No temo perderme, porque ya no tengo miedo de encontrarme.

Me voy con ese borracho andrajoso, que monologa su desesperación, que no sabe de teléfonos de la esperanza; del que todo el mundo se ríe, pero nadie mira a la cara.

No me queda un solo diente de tanto mamar esperma caducada.
Reclama mi atención un operado travestido también borracho, que gira enloquecido sobre sus inestables, puntiagudos tacones altos afilados por su estado, lanzando su desafío como probándose: ¡soy capaz, qué pasa!; cae al fin despatarrada, descubriendo unas bonitas, largas, esbeltas piernas andróginas; en su cara de indudables, bellos rasgos femeninos (por tanto andrógina) una sonrisa idiotizada por el absurdo, por el alcohol; en su mirada, enajenada, el brillo postizo proyecta a ese cliente forjado en sueños que la haga al fin sentir mujer; no sabe, no la dejaron comprender que su sensibilidad cabía perfectamente en ese despreciado cuerpo de hombre, que ella no tiene sexo; que el vestido no es más que un disfraz adoptado para lucirlo en este gran teatro que es el mundo, un juego en definitiva (cuando podemos desembarazarnos de uniformes), que busca identificación, refleja aceptación o rechazo, modestia o arrogancia, sencillez o sofisticación; es sí un toque de personalidad, pero en ningún caso el hábito hace al monje por más que nos lo diga el refranero, al menos no debería, se quedaría en pura fachada. Que encuentres a ese hombre, ¡ostias!, que al menos ese cuerpo que tienes, que tú has elegido, te sirva de instrumento de dar y recibir placer.

En la avenida principal una yonqui en cuclillas deja sobre el pavimento, en forma de excrementos, los restos de su humana vergüenza.
Internándome por una callejuela me corta el paso una niña-vieja con el mono a cuestas, se ofrece a chupármela, 3 euros, dice, está dispuesta a rebajar el precio, sonríe: ya le faltan dos dientes.
Una pareja de zombies, cogidos de la mano, pasea entre la gente normal, como una isla desgajada del continente, ¡dios, parecen felices!, la dosis, claro, ¡pero también las manos!, sí, también las manos; por cuánto tiempo, qué importa eso.
Sé de otra adicta, que logró salir de la tela de araña, siguió una cura de desintoxicación; volvió a la calle, a pedir, no tenía nada; hablaba con la gente, reía, cantaba; habitaba un pequeño triangulo entre una persiana medio bajada y el polvoriento escaparate de una tienda cerrada, su trocito de techo, su minúscula morada, donde dormir, guardar su mugrienta manta bien alisada, su bolsa de papel con la sucia, escasa ropa bien doblada; ¡hasta engordó, hasta estaba guapa!; un día la vi rebosante de alegría: ¡he hablado con mi padre, me va a recibir en casa!. Despareció…, digamos, tres semanas; volvió, la vi otra vez en la maraña, seis meses, un año, no sé; aún busco su calle, su antigua, minúscula morada: una cruel, implacable tienda de regalos se burló de su intención; pasó a la pared de enfrente (la calle es peatonal, no tiene aceras). A veces paso y no está: un cartón limpio bien alisado, que cambia periódicamente, la mugrienta manta doblada con esmero, apilada ordenadamente con la bolsa de papel continente de sus sucias, escasas pertenencias, sobre el suelo manchado, en ángulo recto con la pared parda, desconchada, a un escaso metro del pavimento una ventana ciega, enrejada, delimita su celda, prisión pública: ¡está aunque no la vea!. Ya no habla con nadie, ya no ríe, ya no canta, ni tan siquiera pide, sólo acepta. Su mirada contrasentido, espejo, reflejo del suelo donde parece estar clavada, soledad, vacío, nada. Hoy al pasar la he visto levantar la cabeza, lentamente, mirar, casi reconocer, mi sonrisa crecía esperanzada, lo ha intentado, esforzándose, luchando, un temblor en los labios, cierta tensión, tirantez…, algo se ha roto, los labios replegados, la cabeza vencida, entregada; la mirada: ausencia.

Ese sin papeles resembrado en su original tierra castrada.
¿Tengo más derecho yo por haber nacido en este país, que alguien que ha puesto todas sus ilusiones, esperanzas en él?: ¡no!. ¿Voy a renunciar a mis privilegios por esa misma razón?: no, por eso mismo, aunque parezca una contradicción insalvable, allá voy: todo el mundo tiene derecho a sobrevivir, cuánto mejor como buenamente pueda, cuanto peor cómo malamente pueda; y esta ultima afirmación nos incluye a todos: nosotros tan de acá, ellos (vosotros) tan aquí.

Un pequeño manojo de historias cercanas lejanas, y no basta, no debería bastarnos.

Os voy a contar sucintamente algunas de mis pesadillas:
Soy un teleadicto: me paso la vida viviendo vidas que no me importan; concursos que nada aportan; fútbol, fútbol y, más fútbol; publicidad: esto para el nene, esto para la nena; esto es un hombre, esto una mujer; con este coche serás libre, ese te llevará a la gran aventura; con el microondas ganarás el tiempo perdido, la lavadora te hará programar mejor tu vida, con los móviles de última generación te pasarás la vida comunicando; modas, modas, modas; compra, compra, compra…
Pruebo en política: da igual qué bando, el caso es llegar al poder, si tengo buenas intenciones él me las quitará. Mi partido gana las elecciones: construyo destruyendo, acepto sobornos, extorsiono, especulo, prometo soluciones a largo plazo, que a corto plazo olvido, me comprometo a poner más policías en las calles, ¿con uno por barba bastaría?, pacto con todos y luego hago lo que me da la gana, sólo me debo al gran capital, la gran potencia, es mi único dios, me dicta su ley: me forro…

Dejo la política: monto un zoológico: esta jaula con un árbol, un trozo de montaña, aquí esta pecera marina de agua no contaminada, allá, envasado al vacío, un soplo de aire puro, más allá bestias desdentadas con sus collares distintivos, ahora vivan en realidad virtual la escenificación de ?Las cuatro estaciones? de Vivaldi; ¡pasen y vean las maravillas de la exnaturaleza!: me vuelvo a forrar…
Soy un terrorista: por mandato de dios del iluminado de turno fanatizado, de país en país invadido, por interesada, evangelizadora democracia desposeido; en medio del fuego cruzado la gente; y ahora: ¡todos enemigos…¡

Por fin despierto: lloro contigo democracia, bebé condenado a nunca crecer, olvidado de amorosos pechos que te alimenten, de la ternura de unas manos que te cambien el sucio pañal cagado.

Por qué nadie trata de explicar sus contradicciones; por qué todo el mundo se cree tan consecuente; por qué se practica tanto el estás conmigo o contra mí: por qué tanta humana frontera.

Yo no soy rebelde porque el mundo me ha hecho así, soy rebelde porque el mundo es así.

Y grito: ¡hipócritas!
Y firmo: Un hipócrita.
Y grito: ¡mentirosos!
Y firmo: Un mentiroso.

Y sabes lo que te digo, pese a todo o por eso mismo:
que ?All you need is love?
que ?Ne me quitte pas?
que me des un beso antes de salir
que no des un portazo al marcharte.

Javier Ballester Martínez

Historias de Mundo Vivo: La primera raza.

Saturday, April 17th, 2004

Contribución de Anónimo
Pocos, o quizá nadie, saben que la primera raza inteligente que habitó el Mundo Vivo era anfibia.
Un individúo típico de esta raza medía cerca del metro treinta de estatura, pesaba ciento veinte quilos y poseía manos y pies palmeados con diez dedos cada uno, dotados de pulgares oponibles.
Lo más asombroso de todo es que el nacimiento de su raza se debió única y enteramente a la fertilidad natural del planeta.

Su génesis y desarrollo fue exclusivamente en ausencia de la actuación directa de los dioses, no así su decadencia y posterior destrucción.
Cuando éstos, por puro accidente, descubrieron que una especie había alcanzado conciencia de sí misma, había colonizado el subsuelo submarino, fundado numerosas ciudades submarinas y desarrollado una cultura tan armoniosa que casi rozaba la perfección, todo eso sin su ayuda, guía y consejo, cuando esto pasó, los dioses se pusieron manos a la obra, reaccionando de la única manera que eran capaces de concebir.
En una tarde los borraron del mapa. En unas pocas horas provocaron infinidad de “desastres naturales”.
Grandes olas acabaron con las pocas ciudades que habían erigido en la superficie, todas ellas a orillas del mar. Terremotos submarinos destruyeron las que yacían en el fondo marino. El agua del mar se calentó hasta límites insoportables para la vida, acabando de paso con más de la mitad de la población no inteligente del mar. Las fuentes termales subterráneas explotaron todas a una, liberando grandes cantidades de productos tóxicos ricos en azufre. El lecho marino se rompió, permitiendo que el ardiente magma que aprisionaban aflorara desde las profundas simas donde había estado confinado desde el inicio de los tiempos.
Los escasos supervivientes, menos de una milésima de la población murieron meses más tarde, afectados por una enfermedad del alma que anulaba su instinto de supervivencia y afectaba su impulso reproductor.
Y es que, en cierto modo, los dioses son niños y la Creación su campo de juegos.
Y no hay nada peor que un niño que se cansa de sus juguetes….. o que, presa de la envidia, descubre un juguete nuevo propiedad de otro niño.
No obstante, la gratuita destrucción a la que Mundo Vivo se vio sujeta pasó factura y, afortunadamente, se aprendieron unas cuantas lecciones.
La más importante de todas fue la de que la vida es necesaria.
Todos los dioses aprendieron que era posible crear algo nuevo, desconocido hasta entonces. Las posibilidades que la inteligencia, la consciencia de uno mismo, ofrecía eran inconmensurables.
Así, casi cada dios escogió una especie, animal o vegetal, y plantó en ella la semilla de la inteligencia, la cual germinó antes o después.
Y puesto que los dioses, afortunadamente, no tienen imaginación, las especies más extendidas eran humanoides.
Así, Mundo Vivo se llenó de nuevas criaturas, tan parecidas como distintas, modificaciones de un mismo patrón, a quienes se les regaló la superficie del planeta.
Ningún dios, de aquellos que lo intentaron, logró nunca que una especie acuática alcanzara el grado de desarrollo mental que garantizaba la consecución de la inteligencia. Fue como si el planeta mismo frustrara dichos intentos en una especie de brutal revancha.
No obstante, también sabemos lo que pasa con los niños que ven frustrados sus intenciones….
Y hubo algunos dioses, unos pocos, que aprendieron otra valiosa lección.
En su mayoría, estos dioses habían elevado una ligera protesta a sus hermanos, intentando débilmente salvar a aquella primera raza. Otros, los menos, se habían mantenido neutrales, limitándose a observar el genocidio.
Fueron estos los que sintieron en su alma los estertores agónicos de la primera raza al morir. O, al menos, los que prestaron atención a tales gritos de dolor.
Aprendieron de primera mano una lección acerca del dolor y la pérdida. Y se juraron a sí mismos (el único juramento que tiene validez) que jamás volverían a repetirse tales acontecimientos.
Más adelante, cuando estos dioses acordaron mostrarse a sus creaciones, fueron universalmente adorados como los integrantes del panteón de la luz.
El resto, aquellos a quienes la anatema agradó o no importó en absoluto, fueron los integrantes del panteón de la Oscuridad.
Curiosamente, ni luminosos ni oscuros hablaron jamás a sus creyentes de aquella primera especie que vivió, creció y murió bajo las aguas.
El genocidio fue un gran trauma infantil en las mentes de aquellos niños omnipotentes. Un trauma que no todos ellos reconocían o, incluso, ignoraban que existiera.
Y así, recordados sólo por aquella encargada de recoger las almas de los muertos, la primera raza se perdió en las brumas del tiempo, pues los únicos seres capacitados para recordarlos habían optado por el silencio.
Por el olvido.

Que sople el gitano

Saturday, April 17th, 2004

Contribución de Anónimo
Ocurrió en un hospital de una localidad andaluza, en donde las tasas de natalidad seguían un curso diferente de la media nacional, es decir, no se invertían, no, y hasta es posible que pudieran aumentar. Había una respetable proporción de población gitana, con todas las implicaciones culturales (en el sentido más amplio de la palabra) que esto conlleva.

Pues bien, se presentó una mujer gitana a parir. Aunque estas mujeres de partos saben (aunque no fuera de otra forma, sabrían por la cantidad de hijos que suelen tener), mi amiga y otras profesionales se habían preocupado de intentar preparar el camino para abrir una nueva mentalidad en la que el marido y padre de la criatura encarnara un papel mas participativo, pero aún no eran patentes los resultados, si es que los tenía que haber. La gitana recibió toda la atención que el parto requería, sin complicaciones.
Un buen parto.

Cuando mi amiga pasó a explicarle los cuidados que iba a requerir el puerperio le explicó cómo tendría que recibir los lavados los primeros días y hasta que la herida secase. Hasta aquí todo estaba medianamente claro, incluso para el gitano (el padre de la criatura). Pero mi amiga tenía dudas razonables del estado de higiene de las toallas en el domicilio de la puérpera, máxime mientras ella se encontrara convaleciente. Por lo tanto, y en previsión y evitación de complicaciones (fiebres puerperales), no dudó en recomendarles que tras cada lavado, secaran la zona con secador de pelo.

La gitana rápidamente interrumpió:

- Ay, dotora, si nosotros no tenemos d’eza coza!
- Mujer, pues si no tienes tú un secador, pídeselo a tu madre, o a tu hermana,
o a alguien de tu familia, que vale la pena.
- Ay, dotora, é que ninguna tié tampoco d’ezo.
- Mujer, pues a alguien conocerás en la calle donde vives que tenga un secador
de pelo. No me lo pongas tan difícil.
- ¡Dotora, zi é que en mi caye tó zon familia! Pero uste’ no ze procupe,
que no paza ná.
- ¿No? ¿Y entonces cómo te vas a secar eso con aire calentito, eh?
- ¡POZ QUE ZOPLE EL GITANO!

Desde entonces , cuando en los paritorios de aquél hospital se quedaban
sin recursos para algo, siempre había alguien que zanjaba la situación diciendo
“¡Poz que zople el gitano!”

Una noche de verano

Sunday, March 28th, 2004

Contribución de Chausitina
Todo comenzó en una noche de agosto. Eran las diez y cuarto de la noche. Estábamos setandos junto a la chimenea, que ahora por ser verano estaba apagada. Me levanté para coger un libro que estaba en una estantería de mi habitación. Para llegar a ella, tuve que recorrer el largo pasillo que separa el salón de mi cuarto. Agarré el libro y me dirigí de vuelta al salón.

Cuando llegué noté algo extraño. Mis padres y mi hermanito estaban muy raros. Silenciosos e inmóviles como si de robots paralizados se tratase. Antes de salir del salón ellos conversaban y se reían a la vez que hacían carantoñas a mi hermano. Ahora esto había cambiado por completo. Les llamé varias veces y atraje su atención rompiendo una pequeña figurita que le tocó a mi padre en la feria de la ciudad el año pasado. No hicieron ningún movimiento, ni siquiera pestañearon. Agité varias veces sus cuerpos y le di a mi hermano dos azotes suavemente pero ninguno de los tres reaccionó.
Comencé a desesperarme y a ponerme muy nervioso. Mi primera reacción fue acercarme al teléfono y marcar el 091, pero no daba señal. Grité de espanto. El teléfono estaba cortado. No sabía que hacer. Daba vueltas por toda la casa mirando de un lado a otro refugiándome en la idea de que alguien pudiese ayudarme.
Al estar tan nervioso no podía pensar, pero se me ocurrió salir de casa para pedir ayuda. Cerré la puerta y sentí en mi piel un frío intenso. No lo podía creer, porque aunque ya eran las diez y media estábamos en pleno agosto. Volví a entrar y busqué un abrigo. Eché una última mirada y vi a mi familia en ese estado de shock que tanto me impactaba.
Al salir de nuevo el frio se hizo más fuerte. Los árboles se agitaban hasta tocar sus ramas contra el suelo. Una de éstas se cayó a unos pocos centímetros de mí creando un gran estruendo que me dejó sordo por unos segundos.
Cuando reaccioné, drigí la mirada al frente y en la oscuridad vi a una mujer vestida de negro que corría ocultándose bajo la espesa niebla que se estaba formando. Supe que era una mujer, porque ésta llevaba el pelo recogido en una larga trenza gris que recorría toda su espalda.
Me dispuse a seguirla, ya que el instinto me dijo que tenía algo que ver con lo que pasaba en mi casa desde hace algo más de veinte minutos. Corría y corría tras ella y a la vez le llamaba para atraer su atención. Ella no se percataba de mis llamadas o no quería percatarse y seguía corriendo. Yo detrás, notaba que se me acababan las fuerzas y en el momento que lo pensaba me desvanecí y caí al suelo. No recuerdo qué pasó después de eso. Lo único que recuerdo, es que desperté en mi cama y me dolía mucho la cabeza. Tocando, encontré en ella una pequeña pero reseca herida. Miré el lugar en donde me encontraba y con asombro y perplejidad vi que era mi cuarto. Recorrí el pasillo hacia el salón y mis padres estaban allí, jugando a las cartas con mi hermanito y me dijeron que me uniera al juego. Ya eran las cuatro de la tarde. No sabía el tiempo que había pasado, ni me explicaba el por qué estaba en mi casa y mis padres y mi hermano con una actitud normal, cotidiana. Les conté todo lo que había pasado y dijeron que si me ocurría algo, que estaba delirando.
De todas formas, sigo pensando que ocurrió de verdad, porque algunas noches de verano veo a esa misteriosa mujer de negro merodeando por mi jardín. Aún después de doce años, me pregunto quién sería esa mujer y qué le hizo aquella noche a mi familia.

Nota: Laura Sánchez (mayo 1997).