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El asombroso hombre papaya

Contribución de anónimo
Esta es la historia de los últimos tres días de la vida del hombre papaya, tal y como yo los vi, y de su transformación, como él me la contó.

Cuando me encontré con él por primera vez, el color de su piel ya tenía un tono entre amarillo de cobre y rojizo. En algunos sitios. En otros verdoso, casi azulado que podía confundirse con la marca de algún golpe. Pero fue su olor entre dulce y ácido, a fruta madura, lo que más poderosamente me atrajo hacia él.
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Una bochornosa tarde de julio, en las que el mero respirar es agotador, Luis-.este fue su nombre- se dio cuenta. Dejaba pasar las horas mirando inmóvil al ventilador desde la cama, en medio de pensamientos vagos, cuando una idea clara le vino a la cabeza. Era evidente que se estaba convirtiendo en papaya.

Inútil negarlo por más tiempo. Sabia desde unas semanas atrás que alguna transformación estaba teniendo lugar. Había signos orgánicos claros de la mutación, pero se había obstinado en interpretarlos como síntomas de un malestar pasajero, una mala alimentación o el efecto del calor insoportable, sin una nube, sin una brisa, que lo envolvía todo.

Según me dijo, en el instante mismo de darse cuenta sintió miedo, intuyendo su cercano y fatal destino. El sudor producido por el miedo desprende un olor ácido, se nota en las cárceles y en los soldados que vuelven de una batalla. En el trópico solo los muertos no traspiran, sólo los muertos nunca tienen miedo. Oler el miedo, oler la vida. Lo que nos dice nuestro olfato nos llega mucho más adentro que nuestra vista.

Sintió que al olor de su propio miedo, lo acompañaba un gran alivio. Abandonaba la indeterminación que le rodeaba desde no sabía muy bien cuando y tenía por fin una conciencia clara (y terrible) de si. Era algo magnífico y brutal, con todos los nuevos poderes papayáceos (¿ninguno?) las cosas estaban más cercanas, el tiempo pasaba de una manera distinta. La vida se hizo de repente intensa hasta el dolor. Se sentía tan cercano a la línea del horizonte, que tenía que caminar inclinado entre el mar y el cielo para no golpearse la cabeza.
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Luis nunca supo si reparar en la transformación la aceleró, o viceversa, pero el caso es que dos horas después caminaba solo por el malecón, con la cabeza gacha, concentrado en notar el ahogado crujido de sus huesos ahora cartilaginosos al desgajarse de su carne a cada paso. Más que carne, el la sabia ya pulpa anaranjada y fibrosa.

La noche cayó, y sus ojos se volvieron hacia fuera. La selva reventaba el asfalto en cada grieta a su alrededor como la fruta lo hacia con su cuerpo. Todo eran olores intensos a su alrededor. Se sintió bien, mejor que nunca, con una clarividencia casi profética y decidió que era el momento de predicar la verdad.

Dos cuadras más y llegó donde Lolo. Amigos y conocidos bebían caña, hablaban y olían terriblemente a sudor. Luis sudaba ahora otra vez. Dio la vuelta para salir con una mueca de desagrado en el rostro, cuando alguien le dio una palmada en la espalda, que sonó como el golpe de una sandia madura al caer al suelo. Antes de que pudiera decir una palabra de protesta su amigo le había puesto una botella de Legendario en la mano.
-Hay que festejar, hermano, hay que festejar-
-No?yo no?- pero el inoportuno ya se había dado la vuelta y un tercero lo estaba felicitando por algo.

Sin decir palabra, Luis bebió un trago de ron que le quemó la garganta y le dio ganas de llorar. Así que bebió otro y aun un tercero. Alguien arrebató la botella de su mano y entonces, llevado por la costumbre se volvió buscando la cara de Lolo para pedirle un vaso de aguardiente de caña.

Unos momentos después quiso acercarse de nuevo a su amigo, explicarle que se estaba convirtiendo en papaya y que le quedaba poco tiempo, que no podía quedarse allí. No entendió. Rió como si fuera una broma y volvió a poner una botella en su mano.

Luego empezó la riña. Nunca llegó a saber quien empezó los golpes ni porqué, las topadas que le llegaron no le dolieron. Si le dolió estar encerrado las siguientes 24 horas en el puesto de la policía. Notaba la acelerada maduración de su cuerpo en el banco de obra que esa noche le hizo de lecho. Algunos de los otros aun andaban tomados, cantaban y reían, otros protestaban y uno de los guardas tuvo que entrar dos veces, dando golpes ?paradojicamente- para evitar otra pelea. Luis no abrió lo boca, dudaba incluso de tener aun la capacidad de hablar.
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Yo estaba embarazada y sola. Aquella madrugada no había dejado de vomitar, y cuando la salida del sol me serenó salí a pasear para que las paredes encaladas no me cayeran encima. Él estaba sentado debajo de una palmera, con las piernas formando un rombo como suelen hacer los niños que delimitan su mundo con las rodillas, jugando a ser el dios de una hormiga en un palito o una pequeña carretera.

Su aspecto era el de un borracho desaliñado y sucio, pero cuando pase a su lado levantó la cabeza cruzándome con dos ojos brillantes y despiertos donde esperaba ver el velo turbio del alcohol.

No recuerdo de que hablamos cuando lo vi bajo la palmera, sin embargo sus palabras eran trasparentes como el mismo cielo que las enmarcaba. Desprendían una fuerza que solo tiene un niño convencido de que toda la razón del mundo está en sus palabras. Sus lágrimas eran extrañamente turbias viniendo de unos ojos tan transparentes, como las del tallo de una fruta recién arrancada del árbol.

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Esta mañana ya no vomito más, y ahora tengo hambre, estoy sentada al sol con una vieja bata de seda y de repente me asalta el recuerdo de Luis, presente en cada rincón de esta casa mientras corto una fruta.

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Vino a mi casa, su presencia forjaba en las cosas que lo rodeaban una sensación acuosa, como si dejaran de ser ásperas al tacto. El reseco perol de arcilla sin barnizar, mil veces recocido, parecía hundirse ligeramente bajo los dedos, como algo vivo, desde el momento que Luis comió en él.
Los objetos se fundían con su figura como se funde la miel con las manzanas en el horno. Fundirse con todo como se fundió conmigo.

Dar esos pequeños mordiscos que da el amante en la carne de su pareja. Marcar su piel con los dientes.
Deshacerme de saliva sobre él y sentir como me llena su carne tibia.

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Ese olor. Otra vez el olor. La fragancia ácida que desprende la mondadura de una fruta que ha quedado sobre la mesa toda la noche. Como si también hubiera sentido el miedo al final que adereza ese sabor dulce desecho en mi boca.

Una vida viene y otra se va. Poco tiempo después nació mi hijo. Tiene una marca en su cuello, como una papaya, y sobre todo, ese olor.

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