Exorcismo
A veces el miedo nos invade y debemos hacer un exorcismo… ponerse a escribir en mitad de la noche puede ser suficiente.
Para terminarlo, transcribo:
**********************
Son las 4:34 de la mañana y no puedo dormir. Un ruido ha interrumpido mi sueño. Primero he pensado que era la abuela Pepa que recogía la basura de madrugada. Pero no recogía la basura. Se pegaba con ella. Cada vez más fuerte… entonces un gato ha maullado asustado y un ruido de demonios a la carrera se ha movido hacia mi habitación. ¿Todavía podía ser la abuela moviéndose por la casa? No. Ella tardaría 20 veces más en subir las escaleras e invadir mi habitación. ¿Qué era eso? ¡Socorro! Aaaaaaaaaah -un grito ahogado y tremendamente lastimoso. Cubierto con el fino edredón a modo de triste parapeto no he conseguido ver nada en mi habitación. Y he encendido la luz. Un gato me miraba escondido entre la ropa. En el suelo, una bolsa de plástico rota, con un papel-cartón arrugado que mostraba un pequeño tesoro tramposo y vengativo: unas cabezas de sardina. He echado la bronca al gato por urgar en la basura, por hacer ruido y despertarme, por el susto que me ha dado… y me he encontrado un gato más asustado que yo.
Le he llamado con voz apacible y le he quitado los restos de bolsa que llevaba cogidos al cuerpo. Estaba manchado de sardina y no he sido capaz de acariciarlo. Al dejarlo en el suelo con aprensión ha salido, todavía asustado por la bolsa o quizá asustado por mí. Con infinito asco he recogido las sardinas, el papel y la bolsa y he cerrado la puerta. ¿ “¡Socorro! Aaaaaaaaaah” ? ¿Qué me ha hecho decir eso? Es esta una historia patética y sin embargo no me deja dormir.
¿Por qué no lo he olvidado inmediatamente y he seguido durmiendo? ¿Por qué siento una angustia desconsolada y ganas de llorar?
Mientras el ruido sordo se lanzaba sobre mí -sobre mí no, hasta mi habitación- la abuela se ha convertido en algún animal agresivo que hacía huir al gato. Pero quienes han entrado en mi habitación eran todos los demonios del viento.
¡Socorro! Aaah - con voz queda. Protegido por un edredón de la indefensión de una cama que, en el suelo, no protege de una rata.
No me duermo, así que escribo. Quizá para exorcizar a los demonios que me han invadido junto con el gato y la bolsa. Pero todavía siento congoja.
¿Por qué me siento mal? ¿Por qué he dicho “¡Socorro! Aaah”? Mis hasta ahora fuertes convicciones anti-paranormales se han tambaleado esta noche durante un segundo. Creo que me he enfrentado a mis temores más pequeños, más básicos, más instintivos y he perdido.
No se si necesito llorar pero la misma congoja que aprieta mis ojos ahoga mi garganta.
Estoy solo esta noche. Ahogado, asustado, pobre de mí, como un niño chico.


