Historias de Mundo Vivo: La primera raza.
Contribución de Anónimo
Pocos, o quizá nadie, saben que la primera raza inteligente que habitó el Mundo Vivo era anfibia.
Un individúo típico de esta raza medía cerca del metro treinta de estatura, pesaba ciento veinte quilos y poseía manos y pies palmeados con diez dedos cada uno, dotados de pulgares oponibles.
Lo más asombroso de todo es que el nacimiento de su raza se debió única y enteramente a la fertilidad natural del planeta.
Su génesis y desarrollo fue exclusivamente en ausencia de la actuación directa de los dioses, no así su decadencia y posterior destrucción.
Cuando éstos, por puro accidente, descubrieron que una especie había alcanzado conciencia de sí misma, había colonizado el subsuelo submarino, fundado numerosas ciudades submarinas y desarrollado una cultura tan armoniosa que casi rozaba la perfección, todo eso sin su ayuda, guía y consejo, cuando esto pasó, los dioses se pusieron manos a la obra, reaccionando de la única manera que eran capaces de concebir.
En una tarde los borraron del mapa. En unas pocas horas provocaron infinidad de “desastres naturales”.
Grandes olas acabaron con las pocas ciudades que habían erigido en la superficie, todas ellas a orillas del mar. Terremotos submarinos destruyeron las que yacían en el fondo marino. El agua del mar se calentó hasta límites insoportables para la vida, acabando de paso con más de la mitad de la población no inteligente del mar. Las fuentes termales subterráneas explotaron todas a una, liberando grandes cantidades de productos tóxicos ricos en azufre. El lecho marino se rompió, permitiendo que el ardiente magma que aprisionaban aflorara desde las profundas simas donde había estado confinado desde el inicio de los tiempos.
Los escasos supervivientes, menos de una milésima de la población murieron meses más tarde, afectados por una enfermedad del alma que anulaba su instinto de supervivencia y afectaba su impulso reproductor.
Y es que, en cierto modo, los dioses son niños y la Creación su campo de juegos.
Y no hay nada peor que un niño que se cansa de sus juguetes….. o que, presa de la envidia, descubre un juguete nuevo propiedad de otro niño.
No obstante, la gratuita destrucción a la que Mundo Vivo se vio sujeta pasó factura y, afortunadamente, se aprendieron unas cuantas lecciones.
La más importante de todas fue la de que la vida es necesaria.
Todos los dioses aprendieron que era posible crear algo nuevo, desconocido hasta entonces. Las posibilidades que la inteligencia, la consciencia de uno mismo, ofrecía eran inconmensurables.
Así, casi cada dios escogió una especie, animal o vegetal, y plantó en ella la semilla de la inteligencia, la cual germinó antes o después.
Y puesto que los dioses, afortunadamente, no tienen imaginación, las especies más extendidas eran humanoides.
Así, Mundo Vivo se llenó de nuevas criaturas, tan parecidas como distintas, modificaciones de un mismo patrón, a quienes se les regaló la superficie del planeta.
Ningún dios, de aquellos que lo intentaron, logró nunca que una especie acuática alcanzara el grado de desarrollo mental que garantizaba la consecución de la inteligencia. Fue como si el planeta mismo frustrara dichos intentos en una especie de brutal revancha.
No obstante, también sabemos lo que pasa con los niños que ven frustrados sus intenciones….
Y hubo algunos dioses, unos pocos, que aprendieron otra valiosa lección.
En su mayoría, estos dioses habían elevado una ligera protesta a sus hermanos, intentando débilmente salvar a aquella primera raza. Otros, los menos, se habían mantenido neutrales, limitándose a observar el genocidio.
Fueron estos los que sintieron en su alma los estertores agónicos de la primera raza al morir. O, al menos, los que prestaron atención a tales gritos de dolor.
Aprendieron de primera mano una lección acerca del dolor y la pérdida. Y se juraron a sí mismos (el único juramento que tiene validez) que jamás volverían a repetirse tales acontecimientos.
Más adelante, cuando estos dioses acordaron mostrarse a sus creaciones, fueron universalmente adorados como los integrantes del panteón de la luz.
El resto, aquellos a quienes la anatema agradó o no importó en absoluto, fueron los integrantes del panteón de la Oscuridad.
Curiosamente, ni luminosos ni oscuros hablaron jamás a sus creyentes de aquella primera especie que vivió, creció y murió bajo las aguas.
El genocidio fue un gran trauma infantil en las mentes de aquellos niños omnipotentes. Un trauma que no todos ellos reconocían o, incluso, ignoraban que existiera.
Y así, recordados sólo por aquella encargada de recoger las almas de los muertos, la primera raza se perdió en las brumas del tiempo, pues los únicos seres capacitados para recordarlos habían optado por el silencio.
Por el olvido.


