Una noche de verano

Contribución de Chausitina
Todo comenzó en una noche de agosto. Eran las diez y cuarto de la noche. Estábamos setandos junto a la chimenea, que ahora por ser verano estaba apagada. Me levanté para coger un libro que estaba en una estantería de mi habitación. Para llegar a ella, tuve que recorrer el largo pasillo que separa el salón de mi cuarto. Agarré el libro y me dirigí de vuelta al salón.

Cuando llegué noté algo extraño. Mis padres y mi hermanito estaban muy raros. Silenciosos e inmóviles como si de robots paralizados se tratase. Antes de salir del salón ellos conversaban y se reían a la vez que hacían carantoñas a mi hermano. Ahora esto había cambiado por completo. Les llamé varias veces y atraje su atención rompiendo una pequeña figurita que le tocó a mi padre en la feria de la ciudad el año pasado. No hicieron ningún movimiento, ni siquiera pestañearon. Agité varias veces sus cuerpos y le di a mi hermano dos azotes suavemente pero ninguno de los tres reaccionó.
Comencé a desesperarme y a ponerme muy nervioso. Mi primera reacción fue acercarme al teléfono y marcar el 091, pero no daba señal. Grité de espanto. El teléfono estaba cortado. No sabía que hacer. Daba vueltas por toda la casa mirando de un lado a otro refugiándome en la idea de que alguien pudiese ayudarme.
Al estar tan nervioso no podía pensar, pero se me ocurrió salir de casa para pedir ayuda. Cerré la puerta y sentí en mi piel un frío intenso. No lo podía creer, porque aunque ya eran las diez y media estábamos en pleno agosto. Volví a entrar y busqué un abrigo. Eché una última mirada y vi a mi familia en ese estado de shock que tanto me impactaba.
Al salir de nuevo el frio se hizo más fuerte. Los árboles se agitaban hasta tocar sus ramas contra el suelo. Una de éstas se cayó a unos pocos centímetros de mí creando un gran estruendo que me dejó sordo por unos segundos.
Cuando reaccioné, drigí la mirada al frente y en la oscuridad vi a una mujer vestida de negro que corría ocultándose bajo la espesa niebla que se estaba formando. Supe que era una mujer, porque ésta llevaba el pelo recogido en una larga trenza gris que recorría toda su espalda.
Me dispuse a seguirla, ya que el instinto me dijo que tenía algo que ver con lo que pasaba en mi casa desde hace algo más de veinte minutos. Corría y corría tras ella y a la vez le llamaba para atraer su atención. Ella no se percataba de mis llamadas o no quería percatarse y seguía corriendo. Yo detrás, notaba que se me acababan las fuerzas y en el momento que lo pensaba me desvanecí y caí al suelo. No recuerdo qué pasó después de eso. Lo único que recuerdo, es que desperté en mi cama y me dolía mucho la cabeza. Tocando, encontré en ella una pequeña pero reseca herida. Miré el lugar en donde me encontraba y con asombro y perplejidad vi que era mi cuarto. Recorrí el pasillo hacia el salón y mis padres estaban allí, jugando a las cartas con mi hermanito y me dijeron que me uniera al juego. Ya eran las cuatro de la tarde. No sabía el tiempo que había pasado, ni me explicaba el por qué estaba en mi casa y mis padres y mi hermano con una actitud normal, cotidiana. Les conté todo lo que había pasado y dijeron que si me ocurría algo, que estaba delirando.
De todas formas, sigo pensando que ocurrió de verdad, porque algunas noches de verano veo a esa misteriosa mujer de negro merodeando por mi jardín. Aún después de doce años, me pregunto quién sería esa mujer y qué le hizo aquella noche a mi familia.

Nota: Laura Sánchez (mayo 1997).

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