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Una tranquila noche de verano

Contribucin de Feo
“Algn da encontrar una mujer que me compendra .Ese da me enamorar y os podris burlar de m a vuestras anchas.”
-Aristuto de la Sierra Pelada del Monte.

Era una noche de verano.Las estrellas brillaban con fuerza en el firmamento y la luna llena lo contemplaba todo con su habitual indiferencia.Las aves nocturnas iban en busca de sus presas y las lucirnagas refulgan intentando atraer a sus compaeros de cpula.
En resumen.Era una noche tranquila.

Pedro conduca su coche con la seguridad que slo poseen los conductores veteranos que han recorrido un camino cientos de veces.Circulaba despacio por una carretera secundaria que haba de llevar a los ocupantes del vehculo hasta los restos de una urbanizacin que, antao, haba estado repleta de casas.Ahora, tras la depresin econmica, slo quedaban en pie unos pocos chalets, de los cuales, slo el de Pedro, reciba alguna ocasional visita de su dueo.
La razn de que circulara despacio, o de que llevara la cinta de Braveheart tan baja, no era la de admirar el paisaje, el cual lo conoca casi de memoria, sino que quera evitar a toda costa coger algn bache que pudiera ocasionar un zarandeo del coche que tuviera como consecuencia el que su copiloto despertara.La ocupante de dicho asiento era una belleza pelirroja que dorma plcidamente con la cabeza apoyada en la ventanilla.
Pedro se la qued mirando con ternura.Sus ojos brillaban y, sin darse cuenta, empez a rememorar un tiempo en el que todo haba sido posible.Un tiempo en el que el cielo no era gris, en el que no haban tormentas, en el que, por una vez en su vida, haba sido feliz.Y no es que la chica se pareciera fsicamente a aquella otra, a aquella dulce y amada persona que haba llegado a conocerle casi mejor que l mismo.La chica tambin se pareca mucho en su forma de ser.Tambin era alegre, generosa y un poco tmida.
Las lgrimas brotaron de los ojos de Pedro cuando empez a pensar en aquella otra.En Silvia.En sus ojos azul claro.En sus mejillas siempre levemente sonrojadas.En aquel carcter tranquilo que sin prisa, pero sin pausa, saba sacar lo mejor de l.
Enjugndose las lgrimas con un pauelo de tela azul, Pedro prosigui su camino hasta la casa donde tantos buenos ratos haba pasado de nio y de no tan nio.
Veinte minutos ms tarde, el turismo llegaba a su destino: una pequea casa que alguna vez haba debido ser bonita y agradable a la vista, pero que ahora estaba cubierta de enredaderas y suciedad.En el jardn que antes haba estado repleto de rosas y claveles slo vivan ahora las malas hierbas.
El coche se par a unos cinco metros de la puerta.Pedro baj de l y se acerc a la puerta de entrada mientras buscaba en sus bolsillos la llave que le franqueara la entrada.una vez abierta la puerta, entr en la casa y, despus de soltar una maldicin tras golpearse en la rodilla son un polvoriento y viejo mueble, la luz de lo que deba ser un comedor se encendi.
Acto seguido, Pedro volvi al coche, abri la puerta del copiloto, le quito el cinturn de seguridad a la pelirroja y se la carg a los brazos.La chica se quej en sueos, pero no se despert, y Pedro, poco acostumbrado a cargar con mujeres, se acerc tambalendose hasta el interior de la casa.Tres minutos despus, y tras ms maldiciones tras chocar de nuevo con el mueble, Pedro sala otra vez de la casa.Se dirigi al coche, se asegur de cerrarlo bien y volvi a entrar de nuevo.

En el interior de la casa, ms concretamente, en uno de los tres dormitorios, Pedro no dejaba de dar vueltas y de beber de un vaso bajo y ancho repleto de bourbon.De vez en cuando se sentaba en la cama que no estaba ocupada por la pelirroja y se la quedaba mirando con los ojos ansiosos de aquel que se muere de ganas por contar algo que slo l sabe.
La chica, que se llamaba Juana, para ms seas, dormitaba en la ancha cama de matrimonio que dominaba la habitacin con su escandaloso espacio.De vez en cuando, la chica se revolva inquieta, como si un tuviera una pesadilla o recordara alguna mala experiencia.Era entonces cuando Pedro se le acercaba con aire preocupado y le susurraba tiernas palabras de consuelo al odo.El resultado era casi inmediato.Juana se calmaba enseguida y, entonces, Pedro poda volver a lo que estaba haciendo.
Y lo que estaba haciendo no era otra cosa que volverse loco.La espera le estaba matando.Pero an as, no se atreva a despertarla.Prefera sufrir en silencio y observarla mientras dorma.Prefera tener los nervios destrozados a turbar el descanso de la joven.
Ya habra tiempo para hablar, pensaba.Ya habra tiempo para hablar en cuanto se despertara.
Y mientras tanto, esperaba.Y esperaba.Impacientemente, nerviosamente.Pero esperaba.Y mientras lo haca, encenda un cigarrillo tras otro, a sabiendas de que, como ella tambin fumaba, el humo no la molestara.
Tras una hora de espera, Pedro ya no poda resistir ms.As que se acerc a la cabecera del lecho y empez a susurrarle al odo.Al principio, lo dijo en un volumen tan bajo que ni siquiera Juana le habra odo.Y es que las dos primeras palabras que surgieron de sus labios fueron las ms difciles de pronunciar.
-Te quiero.-Dijo con voz entrecortada.
Pedro tard en volver a hablar, pero cuando lo hizo, su nerviosismo se haba ido.Como si el pronunciar aquellas dos palabras le hubiera descargado de un peso que ya no pudiera soportar ms.Ms animado, Pedro las repiti, ahora aumentando la voz hasta convertirla en un susurro.
-Te quiero.-Repiti.
Pedro se apart de ella y sonri.Haba sido difcil.An considerando el hecho de que Juana estaba dormida y de que muy probablemente no le habra odo, le haba costado mucho decrselo.Pero ahora saba que, una vez despierta, la confesin de su amor no le costara nada.Ahora saba que cuando despertara tendra las fuerzas necesarias para mirarla directamente a los ojos y decrselo claramente, sin titubeos.
No obstante, Pedro an estaba nervioso.As que decidi empezar el discurso que le tena reservado.As luego sera an ms fcil, pens.
-Te quiero.-Empez de nuevo.-Te quiero desde el primer da en que te vi.Lo recuerdo muy bin.Era una tarde de otoo, a mediados de curso.Estabas en el bar, sentada sola, delante de un libro.”El Perfume”, si no recuerdo mal.Cualquiera hubiera supuesto que leas, pero slo yo me di cuenta de que te limitabas a pasar las hojas cada cierto tiempo, simulando leer, para tener un poco de intimidad.
Pedro se apart de la cama y empez a dar vueltas alrededor de la misma.
-Recuerdo tus ojos.Estaban tristes, llorosos.Ms adelante me enter de que aquella tarde habas roto con tu novio de toda la vida.No sabes lo mucho que me extrao que t hubieras tenido un desengao.Seguramente aquel gilipollas no saba lo valiosa que eras, o bin s lo saba, y se asust cuando supo que nunca estara a tu altura.Da igual.Lo que realmente me atrajo de ti es que t tambin habas sufrido como yo.Que t tambin habas experimentado el dolor de perder a alguin muy cercano y querido.
Llegado a este punto de su monlogo, Pedro tuvo que callar durante unos segundos.Su voz se haba quebrado, como estrangulada.La imagen de Silvia haba aparecido en su cabeza con tanta fuerza que, por un momento, haba olvidado dnde estaba.
Pedro sacudi la cabeza y continu hablando.
-No te puedes imaginar la alegra que me diste cuando continuaste viniendo por el bar. Recuerdo que esperaba ansioso que llegara la hora en que acabaran las clases para verte entrar por la puerta y dirigirte a tu rincn, a tu mesa.Sabes?, el placer que senta cuando te vea borraba los celos que senta de los chicos que te acompaaban.Esos imbciles que lo nico que pretendan era metrsete entre las piernas.No te imaginas lo mucho que me enfureca cuando los vea rondar cerca tuyo y bromear falsamente contigo, mirarte el culo y las piernas cuando no les mirabas.No sabes lo cerca que estuvieron de que les buscara y les partiera la boca a puetazos.
Ahora Pedro suba y bajaba la voz sin darse cuenta.La furia lo invada y, sin darse cuenta, asest un puetazo a una de las paredes.El blanco estucado se hundi, dejando la marca de sus nudillos, la piel se le abri, y un pequeo hilillo de sangre se deslizo por el dorso de su mano.El golpe haba sido fuerte, tanto que Juana se removi en sus sueos, a punto de despertarse.
No obstante, Pedro no se di cuenta y sigui hablando.
-Pero no, no te asustes.Sabes que yo nunca sera capaz de algo as.Por mucho que me sacaran de mis casillas, eran amigos tuyos, y nunca se me ocurrira hacerle nada a nadie que estuviera en tu estima.Por muy gilipollas que fuera.
Pedro se calm y, como Juana estaba todava descansando, sali de la habitacin y se dirigi a la cocina.Una vez all, sac un vaso de uno de los estantes y, tras limpiarlo con un pauelo de papel, lo lleno de agua del grifo.Despus, se lo bebi y se refresc un poco, lavndose la cara con el agua helada.Despus volvi a la habitacin y se sent a un lado de Juana, con su cara al alcance de la mano.
Un tiempo indeterminado despus, tal vez cincuenta minutos, un movimiento al lado suyo le saco de su amodorramiento.Era Juana, que se estaba despertando.Pedro se levant rpidamente y se puso de pie, frente a ella.
-Ah, veo que al fn despiertas.Ya era hora dormilona.-Dijo con el tono que empleara un padre al dirigirse a su hija que acaba de salir de un profundo sueo.
Juana no dijo nada.Se limit a mirarle fijamente, desorientada.
-No.No te asustes.Estamos en mi casa.Recuerdas?Te acuerdas que en la fiesta algo te sent mal y me pediste que te trajera a casa?Pues bin, ya estamos en casa.Y ya es hora de que te diga lo que siempre haba deseado decirte desde el da en que nos conocimos: Te quiero.Y a partir de ahora no nos separaremos nunca ms.Viviremos juntos y tendremos muchos hijos.
Pedro estaba exultante de felicidad.No obstante se di cuenta de que la chica no pareca apreciar sus planes con mucho entusiasmo, as que le dijo:
-No pareces muy contenta….-dijo el sin entusiasmo, algo triste.
-…..
-Cmo? No te entiendo.Espera un momento que te quite eso de la boca.
Pedro se acerc a ella y, suavemente, le quit la mordaza que le obstrua la boca y le impeda hablar.
-Quin coo eres t?-dijo ella chillando-Y donde coo estamos?
-Qu?-respondi sorprendido-Soy yo, Pedro.
-Dnde mierda estamos, hijoputa?-Sigui ella ajeno a las palabras de Pedro.-Te advierto de que como no me desates ahora mismo y me dejes marchar me las vas a pagar muy caras, cabrn.
Pedro retrocedi asustado.Cmo poda haber pasado aquello?Evidentemente la chica se haba vuelto loca.
Pedro sacudi la cabeza y escuch, anonadado, las amenazas y los insultos de Juana.Algo haba ido mal, pensaba, muy mal.Desde luego, aquella no era la chica de la que se haba enamorado.
Tropez con la pared y entonces se fij en la pala que descansaba unos metros a su derecha.Casi sin pensar, agarr la pala por el mango y se acerc a la cama, con la mirada perdida.
-Qu vas a hacer con esa pala?-Chill Juana presa del terror-Qu vas a hacer?
No dijo nada ms.

En el jardn de una casa ruinosa, un hombre, destrozado por haber perdido de nuevo el amor de su vida, cavaba sin descanso una pequea fosa.Cuando hubo terminado de cavar, deposito un bulto envuelto en una sbana blanca que tena unas cuantas manchas rojo carmes. Despus, rellen el agujero y se qued pensativo unos instantes.Luego esboz una tmida sonrisa.S, se haba equivocado.Pero saba que, en alguna parte, en algn lugar, una chica, LA chica, le estaba esperando.Y saba que la encontrara ya que, por su parte, l no iba a dejar de buscarla.
El hombre dej caer la pala al suelo y contempl la sierra con mirada ansiosa.
Era una noche de verano.Las estrellas brillaban con fuerza en el firmamento y la luna llena lo contemplaba todo con su habitual indiferencia.Las aves nocturnas iban en busca de sus presas y las lucirnagas refulgan intentando atraer a sus compaeros de cpula.
En resumen. Era una noche tranquila.

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